La Cuestión Social

Como «el gran hito en la cuestión social de principios de siglo» califica el historiados y sociólogo Sergio González Miranda, a la lucha de los pampinos por sus derechos laborales. El punto más alto en este proceso, asegura, fue la matanza registrada en la Escuela Domingo Santa María, el 21 de diciembre de 1907.
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A pesar que este hecho decantó la tensión social que existía en las oficinas salitreras, las reivindicaciones del trabajador pampino resurgieron con fuerza durante los diez años siguientes.
Bernardino Farfán Espinoza es un pampino que se ha dedicado en los últimos años a investigar sobre la vida en las salitreras.
Tomando como base las experiencias de su niñez y juventud recuerda con añoranza y sentido crítico la vida en la pampa.
Varias huelgas ocurrieron durante este lapso y que fueron apagadas con el fuego de las armas. Los libros de historia recuerdan en forma somera la matanza de la Oficina San Gregorio el 3 de mayo de 1921 cuando gobernaba el Presidente Arturo Alessandri Palma.
«Un teniente de ejército recibió órdenes superiores de ametrallar a las doscientas personas que estaban apostadas en la plaza de la oficina salitrera. Un hecho similar ocurrió dos meses después en la vecina oficina Santa Ana».
Posteriormente La Coruña se convirtió en el centro neurálgico de una huelga que paralizó al menos 120 oficinas salitreras de la Provincia de Tarapacá. El 3 de junio de 1925 dos regimientos de artillería y caballería provenientes de la zona central del país abrieron fuego contra 1.500 personas. Se desconoce el número de fallecidos.
Estos tres casos, sumados a la especial situación en que se encontró Pisagua durante el primer cuarto del siglo XX, convirtió a la provincia, según Bernardo Farfán, «en un lugar en donde los derechos de los trabajadores eran pasados a llevar por las grandes empresas extranjeras».

Descontento obrero

Por otra parte el elemento obrero de las ciudades, ya consciente de su derecho a una mayor participación en la riqueza nacional y a un género de vida más libre y humano, a fines del siglo XIX comenzaba a organizarse en sociedades de resistencia y a manifestar su descontento.
Fue así que surgieron las primeras huelgas que se conocieron en Chile. Producían su agitación, entre otras causas, la baja del cambio internacional, pues disminuyendo el valor del papel moneda le recortaba al artesano sus jornales, a la vez que le encarecía el sustento. Por otra parte la inmigración extranjera, cuyos individuos, entrando en competencia con los obreros del país, pedían el alza de los salarios.
Fueron esos movimientos los que dieron origen y razón de existir al Partido Demócrata, pequeña pero tumultuosa agrupación, constituida en 1887, que entró a actuar desde entonces en las luchas electorales y políticas bajo la inteligente y firme dirección de Malaquías Concha (1859-1921), abogado de mérito, que lo fundó y sostuvo muchos años, hasta hacerlo pesar como factor importante en el gobierno.

Vivir entre el sol y el caliche

De las trescientas oficinas salitreras que alguna vez funcionaron en el desierto chileno, actualmente nada queda de ellas. Hoy sólo hay recuerdos de un estilo de vida que desaparece junto a los últimos pampinos nacidos y criados en las oficinas.
cesantes

 Por cuarenta años Chile vivió de las divisas que generaba el salitre. Durante ese lapso el gobierno administró la nación con holgura, sin la necesidad de cobrar impuestos elevados o que estuviesen al mismo nivel que los países vecinos.
Una proyección de bonanza que generó la industria radica que entre 1880 y 1930, sólo los derechos de exportación del recursos, dieron al fisco más de seis mil millones de pesos, cifra que abarcó aproximadamente el 60 por ciento de la riqueza del país durante el primer cuarto del siglo XX.

Más allá de las ganancias

Más allá de la cifras económicas y del impacto industrial del país, la historia del salitre fue estructurada a través de recuerdos y un estilo de vida que marcó a generaciones y que aún es posible rescatar entre las ruinas de lo que alguna vez fueron ciudades e industrias pujantes que existían en medio del desierto.
El escritor Juan Rubén Castro es un ex pampino. El recuerda que la vida en la salitrera fue triste y feliz a la vez. «Mucho se habla de las injusticias y tratos indignos».
Para él, al igual que otros 60 mil pampinos que viven en la Provincia de Iquique, hablar de salitreras es recodar los buques, las jornadas de trabajo de diez horas, las viandas a la hora del almuerzo, la estación de trenes, el biógrafo, el cine mexicano, el fútbol y las apariciones esporádicas de grupos teatrales.
«Todos los que alcanzamos a vivir en las salitreras recordamos un tiempo muy bonito. Vivíamos felices, con solidaridad entre la gente y sin miedo a la delincuencia y problemas que hoy sí existen en la ciudad».
Juan Rubén Castro indica que durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma se abrió un nuevo horizonte para los trabajadores, especialmente por la implementación social lograda en los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla.
En general los recuerdos de las personas que actualmente viven en Iquique hacen referencia a principios de la década del 50. Antes, el panorama en las salitreras era diferente.

Abusos del empleador

Gerónimo Caballero, investigador pampino, dice que para entender cómo era el estilo de vida en el desierto hay que dividir la historia del salitre en antes y después de la promulgación de las llamadas Leyes Sociales y el fortalecimiento de la presencia sindical.
Hasta fines de la década del treinta las fichas eran el único sistema de intercambio de mercaderías y suplían al circulante real. También el sistema funcionaba con vales. Cada ficha, confeccionada de maderas, metal o tela, equivalía a un kilo de pan, un litro de agua o una determinada cantidad de azúcar.
Otro aspecto que demostraba la total falta de asistencia en salud o atención médica era que muchos de los jubilados no podían bajar a Iquique o radicarse en una ciudad costera. La excesiva humedad de la zona cercana al mar afectaba directamente los pulmones de los trabajadores que, por décadas, habían absorbido el polvo del caliche.

Vivir entre el sol y el caliche

De las trescientas oficinas salitreras que alguna vez funcionaron en el desierto chileno, actualmente nada queda de ellas. Hoy sólo hay recuerdos de un estilo de vida que desaparece junto a los últimos pampinos nacidos y criados en las oficinas.
cesantes

 Por cuarenta años Chile vivió de las divisas que generaba el salitre. Durante ese lapso el gobierno administró la nación con holgura, sin la necesidad de cobrar impuestos elevados o que estuviesen al mismo nivel que los países vecinos.
Una proyección de bonanza que generó la industria radica que entre 1880 y 1930, sólo los derechos de exportación del recursos, dieron al fisco más de seis mil millones de pesos, cifra que abarcó aproximadamente el 60 por ciento de la riqueza del país durante el primer cuarto del siglo XX.

Más allá de las ganancias

Más allá de la cifras económicas y del impacto industrial del país, la historia del salitre fue estructurada a través de recuerdos y un estilo de vida que marcó a generaciones y que aún es posible rescatar entre las ruinas de lo que alguna vez fueron ciudades e industrias pujantes que existían en medio del desierto.
El escritor Juan Rubén Castro es un ex pampino. El recuerda que la vida en la salitrera fue triste y feliz a la vez. «Mucho se habla de las injusticias y tratos indignos».
Para él, al igual que otros 60 mil pampinos que viven en la Provincia de Iquique, hablar de salitreras es recodar los buques, las jornadas de trabajo de diez horas, las viandas a la hora del almuerzo, la estación de trenes, el biógrafo, el cine mexicano, el fútbol y las apariciones esporádicas de grupos teatrales.
«Todos los que alcanzamos a vivir en las salitreras recordamos un tiempo muy bonito. Vivíamos felices, con solidaridad entre la gente y sin miedo a la delincuencia y problemas que hoy sí existen en la ciudad».
Juan Rubén Castro indica que durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma se abrió un nuevo horizonte para los trabajadores, especialmente por la implementación social lograda en los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla.
En general los recuerdos de las personas que actualmente viven en Iquique hacen referencia a principios de la década del 50. Antes, el panorama en las salitreras era diferente.

Abusos del empleador

Gerónimo Caballero, investigador pampino, dice que para entender cómo era el estilo de vida en el desierto hay que dividir la historia del salitre en antes y después de la promulgación de las llamadas Leyes Sociales y el fortalecimiento de la presencia sindical.
Hasta fines de la década del treinta las fichas eran el único sistema de intercambio de mercaderías y suplían al circulante real. También el sistema funcionaba con vales. Cada ficha, confeccionada de maderas, metal o tela, equivalía a un kilo de pan, un litro de agua o una determinada cantidad de azúcar.
Otro aspecto que demostraba la total falta de asistencia en salud o atención médica era que muchos de los jubilados no podían bajar a Iquique o radicarse en una ciudad costera. La excesiva humedad de la zona cercana al mar afectaba directamente los pulmones de los trabajadores que, por décadas, habían absorbido el polvo del caliche.