Crisis en la pampa: La matanza en la Escuela Santa María de Iquique

Crisis en la pampa

El investigador iquiqueño Mario Zollezzi establece que al comenzar el siglo XX, la «cuestión social» en Tarapacá entra en una nueva fase. Bajo la presidencia de Pedro Montt, en Iquique, los trabajadores del vital sector portuario realizaban periódicos movimientos reivindicativos. En la Pampa Salitrera empezó a manifestarse el malestar de los obreros de las Oficinas en «memoriales», reclamando al Gobierno atención a sus planteamientos sociales.

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 En el país, la estéril lucha por el poder entre la Alianza Liberal y la Coalición desacreditaba cada vez más al sistema parlamentario, instaurado tras la derrota de Balmaceda en 1891.

Este problema político agudizó en 1907 la crisis financiera que hacía bajar el cambio y subir los precios de los artículos de primera necesidad. La moneda se depreció al punto que llegó a valer apenas 8 peniques. La inestabilidad cambiaria golpeaba a la clase obrera.

En noviembre de 1907 laboraban en las salitreras de Tarapacá y Antofagasta unos 40.000 operarios; 13.000 de ellos extranjeros: bolivianos y peruanos en su mayoría.

La provincia de Tarapacá, según el censo de población levantado el 28 de noviembre de 1907, tenía 110.000 habitantes.

Primeros antecedentes

Con este clima adverso, una gran huelga estalla con los trabajadores de la Empresa de Ferrocarriles Salitreros el 4 de diciembre de 1907.  La paralización duró sólo un par de días, luego de conseguir que los sueldos fuesen pagados con el tipo de cambio que existía antes de la devaluación del peso.

Esta misma petición la presentaron los trabajadores de la cuadrillas salitreras que trabajan en el puerto de Iquique. A pocos días, los trabajadores de la oficina San Lorenzo, del cantón Alto San Antonio, dejaron sus faenas y comenzaron a reunirse en las estaciones de ferrocarriles.  Su intención era viajar hasta Iquique y hablar directamente con las autoridades del gobierno central.

De a poco, el movimiento fue abarcando toda la pampa. A mediados de diciembre, al menos treinta oficinas tenían detenidas sus faenas.

Zolezzi afirma que la gran huelga de los pampinos fue conocida como «huelga de los 18 peniques», porque el punto principal de sus demandas era el cambio de sus fichas de pago por dinero a ese valor. El movimiento reivindicativo era fomentado por anarquistas, demócratas y balmacedistas; estos últimos eran liberales democráticos, que mantenían la veneración de los trabajadores salitreros al difunto Presidente, considerado por algunos como símbolo de la defensa del salitre a las ambiciones monopólicas del magnate inglés J. T. North.

Los obreros marcharon desde la pampa hacia Iquique. Varios convoyes del ferrocarril bajaban repletos de trabajadores junto a sus familias. Mientras, las autoridades habían informado sobre al situación a Santiago; el Presidente Montt envió fuerzas militares a la zona en el crucero «Blanco Encalada» y la alcaldía suspendió cualquier espectáculo público y clausuraron las cantinas.

Los huelguitas del cantón alto San Antonio fueron hospedados en el Club Sport, que era el hipódromo existente en el camino a Cavancha.

Resistencia de los pobladores

Luego de las primeras conversaciones con las autoridades y dejar en claro que no volverían a la pampa hasta conseguir sus reivindicaciones sociales, los huelguistas, que continuaban llegando en masa, fueron trasladados hasta la escuela fiscal «Domingo Santa María».

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Mientras el intendente interino, Julio Guzmán García, mediaba las negociaciones entre salitreros y representantes pampinos, la ciudad de Iquique paralizaba en apoyo a los huelguistas.

Al mismo tiempo llegan a Iquique el intendente titular, Carlos Eastman y el general Roberto Silva Renard, jefe de la I Zona Militar, que venía a tomar el mando de las tropas reforzadas de la guarnición.

El 16 de diciembre los principales cabecillas del movimiento, Luis Olea y José Briggs, presentaron un petitorio de diez puntos. Los principales eran la eliminación del sistema de fichas, libertad del comercio en las oficinas, mejorar las medidas de seguridad y el pago de la jornada laboral a un cambio de 18 peniques por peso. Hasta ese momento el cambio era de 8 peniques. Los industriales dijeron que estudiarían inmediatamente las solicitudes.

Otros sectores obreros de la ciudad también habían paralizado y las calles eran custodiadas por patrullas militares.

En tanto, se había ordenado a los pampinos concentrarse en la plaza Manuel Montt y en la Escuela Santa María. Una nueva disposición oficial determinó que los huelguistas debían evacuar esos dos puntos y ubicarse en el Hipódromo, para luego tomar los trenes rumbo a la Pampa, reanudando las faenas. Les informaron que los empresarios  salitreros rechazaban la presión, sosteniendo que perderían «autoridad moral» en la Pampa.

Los empleadores y las autoridades propusieron al grupo que dejara una  delegación de dirigentes para continuar las negociaciones, pero que la mayoría debía regresar a sus puestos de trabajo.

Los obreros se negaron.

El 19 de diciembre las directivas de los pampinos y los trabajadores del puerto de Iquique crearon el Comité Central Unido. El Presidente era José Briggs y como vicepresidente, Luis Olea.

Un día después el intendente, Carlos Eastmann, recibió la orden del ministro del interior, Rafael Sotomayor, para declarar el Estado de Sitio.

21 de diciembre de 1907

Al llegar el 21 de diciembre, en la Escuela Santa María y la Plaza Manuel Montt, ubicada donde actualmente está el Mercado Centenario, había entre ocho y diez mil personas. Esa mañana, las huelguitas no acataron por segunda vez la orden de trasladarse hasta el hipódromo y luego regresar a la pampa.


Dentro de un marco de discursos, consignas y gritos, transcurrieron las horas, mientras que el general de brigada Roberto Silva Renard ordenaba el traslado de dos ametralladoras que hizo colocar frente a la Escuela. Un piquete del Regimiento O’Higgins se ubicó a la izquierda de las ametralladoras.  Luego envió dos oficiales para convencer a los obreros que terminaran con el movimiento y media hora más tarde él mismo ingresó al local, sin lograr un cambio de actitud en los huelguitas.  Los últimos en ingresar a la Escuela Santa María fueron los cónsules de Perú y Bolivia, pero después de una hora de conversaciones salieron del lugar sin lograr su objetivo.

Disparos

A las 15.45 horas se da la orden de disparar. Desde ese instante surgen varias versiones del hecho. Algunos historiadores  indican que las ráfagas de metralleta duraron treinta segundos, otros señalan que el ataque se prolongó por casi dos minutos.

El informe oficial que dio el general Silva Renard fija la cifra de heridos en 140. Los cuerpos consulares establecieron un número de 150 muertos y 200 heridos.

El historiador de la universidad Arturo Prat, Sergio González, explica que la cifra aceptada actualmente como cierta alcanza a las 2 mil personas fallecidas y un número similar de heridos.

Los sobrevivientes fueron derivados ese mismo día a las oficinas de origen.  Los heridos fueron atendidos en el hospital de beneficencia, pero los cuerpos de los obreros muertos, simplemente desaparecieron.

Tres días después el comercio pudo abrir sus puertas. Iquique volvía a su actividad normal.

Vivir entre el sol y el caliche

De las trescientas oficinas salitreras que alguna vez funcionaron en el desierto chileno, actualmente nada queda de ellas. Hoy sólo hay recuerdos de un estilo de vida que desaparece junto a los últimos pampinos nacidos y criados en las oficinas.
cesantes

 Por cuarenta años Chile vivió de las divisas que generaba el salitre. Durante ese lapso el gobierno administró la nación con holgura, sin la necesidad de cobrar impuestos elevados o que estuviesen al mismo nivel que los países vecinos.
Una proyección de bonanza que generó la industria radica que entre 1880 y 1930, sólo los derechos de exportación del recursos, dieron al fisco más de seis mil millones de pesos, cifra que abarcó aproximadamente el 60 por ciento de la riqueza del país durante el primer cuarto del siglo XX.

Más allá de las ganancias

Más allá de la cifras económicas y del impacto industrial del país, la historia del salitre fue estructurada a través de recuerdos y un estilo de vida que marcó a generaciones y que aún es posible rescatar entre las ruinas de lo que alguna vez fueron ciudades e industrias pujantes que existían en medio del desierto.
El escritor Juan Rubén Castro es un ex pampino. El recuerda que la vida en la salitrera fue triste y feliz a la vez. «Mucho se habla de las injusticias y tratos indignos».
Para él, al igual que otros 60 mil pampinos que viven en la Provincia de Iquique, hablar de salitreras es recodar los buques, las jornadas de trabajo de diez horas, las viandas a la hora del almuerzo, la estación de trenes, el biógrafo, el cine mexicano, el fútbol y las apariciones esporádicas de grupos teatrales.
«Todos los que alcanzamos a vivir en las salitreras recordamos un tiempo muy bonito. Vivíamos felices, con solidaridad entre la gente y sin miedo a la delincuencia y problemas que hoy sí existen en la ciudad».
Juan Rubén Castro indica que durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma se abrió un nuevo horizonte para los trabajadores, especialmente por la implementación social lograda en los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla.
En general los recuerdos de las personas que actualmente viven en Iquique hacen referencia a principios de la década del 50. Antes, el panorama en las salitreras era diferente.

Abusos del empleador

Gerónimo Caballero, investigador pampino, dice que para entender cómo era el estilo de vida en el desierto hay que dividir la historia del salitre en antes y después de la promulgación de las llamadas Leyes Sociales y el fortalecimiento de la presencia sindical.
Hasta fines de la década del treinta las fichas eran el único sistema de intercambio de mercaderías y suplían al circulante real. También el sistema funcionaba con vales. Cada ficha, confeccionada de maderas, metal o tela, equivalía a un kilo de pan, un litro de agua o una determinada cantidad de azúcar.
Otro aspecto que demostraba la total falta de asistencia en salud o atención médica era que muchos de los jubilados no podían bajar a Iquique o radicarse en una ciudad costera. La excesiva humedad de la zona cercana al mar afectaba directamente los pulmones de los trabajadores que, por décadas, habían absorbido el polvo del caliche.

Vivir entre el sol y el caliche

De las trescientas oficinas salitreras que alguna vez funcionaron en el desierto chileno, actualmente nada queda de ellas. Hoy sólo hay recuerdos de un estilo de vida que desaparece junto a los últimos pampinos nacidos y criados en las oficinas.
cesantes

 Por cuarenta años Chile vivió de las divisas que generaba el salitre. Durante ese lapso el gobierno administró la nación con holgura, sin la necesidad de cobrar impuestos elevados o que estuviesen al mismo nivel que los países vecinos.
Una proyección de bonanza que generó la industria radica que entre 1880 y 1930, sólo los derechos de exportación del recursos, dieron al fisco más de seis mil millones de pesos, cifra que abarcó aproximadamente el 60 por ciento de la riqueza del país durante el primer cuarto del siglo XX.

Más allá de las ganancias

Más allá de la cifras económicas y del impacto industrial del país, la historia del salitre fue estructurada a través de recuerdos y un estilo de vida que marcó a generaciones y que aún es posible rescatar entre las ruinas de lo que alguna vez fueron ciudades e industrias pujantes que existían en medio del desierto.
El escritor Juan Rubén Castro es un ex pampino. El recuerda que la vida en la salitrera fue triste y feliz a la vez. «Mucho se habla de las injusticias y tratos indignos».
Para él, al igual que otros 60 mil pampinos que viven en la Provincia de Iquique, hablar de salitreras es recodar los buques, las jornadas de trabajo de diez horas, las viandas a la hora del almuerzo, la estación de trenes, el biógrafo, el cine mexicano, el fútbol y las apariciones esporádicas de grupos teatrales.
«Todos los que alcanzamos a vivir en las salitreras recordamos un tiempo muy bonito. Vivíamos felices, con solidaridad entre la gente y sin miedo a la delincuencia y problemas que hoy sí existen en la ciudad».
Juan Rubén Castro indica que durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma se abrió un nuevo horizonte para los trabajadores, especialmente por la implementación social lograda en los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla.
En general los recuerdos de las personas que actualmente viven en Iquique hacen referencia a principios de la década del 50. Antes, el panorama en las salitreras era diferente.

Abusos del empleador

Gerónimo Caballero, investigador pampino, dice que para entender cómo era el estilo de vida en el desierto hay que dividir la historia del salitre en antes y después de la promulgación de las llamadas Leyes Sociales y el fortalecimiento de la presencia sindical.
Hasta fines de la década del treinta las fichas eran el único sistema de intercambio de mercaderías y suplían al circulante real. También el sistema funcionaba con vales. Cada ficha, confeccionada de maderas, metal o tela, equivalía a un kilo de pan, un litro de agua o una determinada cantidad de azúcar.
Otro aspecto que demostraba la total falta de asistencia en salud o atención médica era que muchos de los jubilados no podían bajar a Iquique o radicarse en una ciudad costera. La excesiva humedad de la zona cercana al mar afectaba directamente los pulmones de los trabajadores que, por décadas, habían absorbido el polvo del caliche.

Vivir entre el sol y el caliche

De las trescientas oficinas salitreras que alguna vez funcionaron en el desierto chileno, actualmente nada queda de ellas. Hoy sólo hay recuerdos de un estilo de vida que desaparece junto a los últimos pampinos nacidos y criados en las oficinas.
cesantes

 Por cuarenta años Chile vivió de las divisas que generaba el salitre. Durante ese lapso el gobierno administró la nación con holgura, sin la necesidad de cobrar impuestos elevados o que estuviesen al mismo nivel que los países vecinos.
Una proyección de bonanza que generó la industria radica que entre 1880 y 1930, sólo los derechos de exportación del recursos, dieron al fisco más de seis mil millones de pesos, cifra que abarcó aproximadamente el 60 por ciento de la riqueza del país durante el primer cuarto del siglo XX.

Más allá de las ganancias

Más allá de la cifras económicas y del impacto industrial del país, la historia del salitre fue estructurada a través de recuerdos y un estilo de vida que marcó a generaciones y que aún es posible rescatar entre las ruinas de lo que alguna vez fueron ciudades e industrias pujantes que existían en medio del desierto.
El escritor Juan Rubén Castro es un ex pampino. El recuerda que la vida en la salitrera fue triste y feliz a la vez. «Mucho se habla de las injusticias y tratos indignos».
Para él, al igual que otros 60 mil pampinos que viven en la Provincia de Iquique, hablar de salitreras es recodar los buques, las jornadas de trabajo de diez horas, las viandas a la hora del almuerzo, la estación de trenes, el biógrafo, el cine mexicano, el fútbol y las apariciones esporádicas de grupos teatrales.
«Todos los que alcanzamos a vivir en las salitreras recordamos un tiempo muy bonito. Vivíamos felices, con solidaridad entre la gente y sin miedo a la delincuencia y problemas que hoy sí existen en la ciudad».
Juan Rubén Castro indica que durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma se abrió un nuevo horizonte para los trabajadores, especialmente por la implementación social lograda en los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla.
En general los recuerdos de las personas que actualmente viven en Iquique hacen referencia a principios de la década del 50. Antes, el panorama en las salitreras era diferente.

Abusos del empleador

Gerónimo Caballero, investigador pampino, dice que para entender cómo era el estilo de vida en el desierto hay que dividir la historia del salitre en antes y después de la promulgación de las llamadas Leyes Sociales y el fortalecimiento de la presencia sindical.
Hasta fines de la década del treinta las fichas eran el único sistema de intercambio de mercaderías y suplían al circulante real. También el sistema funcionaba con vales. Cada ficha, confeccionada de maderas, metal o tela, equivalía a un kilo de pan, un litro de agua o una determinada cantidad de azúcar.
Otro aspecto que demostraba la total falta de asistencia en salud o atención médica era que muchos de los jubilados no podían bajar a Iquique o radicarse en una ciudad costera. La excesiva humedad de la zona cercana al mar afectaba directamente los pulmones de los trabajadores que, por décadas, habían absorbido el polvo del caliche.

El Rey del Salitre

TAMBOR 1
Trabajadores que participaron en construcción de los estanques de Tarapacá Water Works, empresa perteneciente a John Thomas North.

La figura de North fue polémica. Fue conocido como el «Rey del Salitre» y que su acción en había «northinizado» la región de Tarapacá. De la misma manera, algunos libros de historia establecen a este industrial inglés como uno de los gestores que desencadenaron la Revolución de 1891.
Desde Inglaterra generó presiones en distintos sectores de la sociedad chilena para desencadenar la Guerra Civil y con ello resguardar sus intereses comerciales.
Esta situación responde a que el presidente José Manuel Balmaceda, en su plan de gobierno, manifestaba su interés en controlar la industria salitrera.
John Thomas North llegó a Chile en 1866 cuando tenía 24 años, contratado como técnico mecánico, para armar equipo ferroviario de Carrizal Bajo y Caldera. Entre 1868 y 1875 trabajó en Iquique y Pisagua en las maestranzas y oficinas salitreras, todas ellas de capital inglés.
Con ahorro y préstamos de amigos fundó, en 1875, la Compañía de Aguas de Iquique. Esta empresa fue el inicio de su éxito económico. Luego adquirió los certificados de las salitreras y en 1881 North se convierte en dueño indiscutido de las oficinas Primitiva, Peruana, Ramírez, Buen Retiro, Jazpampa y Virginia.
En 1882 regresó a Londres. Durante los siguientes ocho años capitalizó su imperio económico ofreciendo acciones en la bolsa de Londres y controlando en forma directa o indirecta quince salitreras, cuatro empresas ferroviarias dependientes de la Nitrate Railways, también estaban la Tarapacá Waterworks, Banks of Tarapacá and London y Nitrates Provisions, que fue una distribuidora de alimentos e importaciones.
Sus grandes negocios y un ostentoso estilo de vida convirtieron a North en el «rey del salitre», denominación que fue acuñada en Iquique ante el dominio e influencia de este inglés.
North visitó por última vez Chile durante 1889. Posteriormente pasó los últimos años de su vida en Londres. Su muerte ocurrió en 1896. A esa fecha ya se había desecho de la mayoría de sus interese salitreros e invertido en minas de plata y oro en el Congo y Australia.

Influencia británica

Después de la Guerra del Pacífico comienza la influencia británica en Tarapacá y Antofagasta.
La situación privilegiada de los ingleses tiene su base dos años antes, debido a los estragos que provocó en Perú en la desvalorización de los certificados salitreros.
Los industriales, preocupados de perder todos sus fondos, comenzaron a vender los documentos a muy bajos precios, situación que fue aprovechada por ingleses y capitales extranjeros para adquirir fácilmente un gran número de oficinas.
Entre estos destacó el inglés John Thomas North quien utilizó créditos entregados por bancos de Valparaíso para hacerse una pequeña fortuna que fue incrementando cuando extendió sus inversiones en otros ámbitos como el transporte de agua y el ferrocarril.
En 1890, el 60 por ciento de la industria era controlada por capitales ingleses.
En 1912 Chile tenía el 40 por ciento de la propiedad total en comparación con el resto que pertenecía a inversionistas extranjeros, entre ellos ingleses.

El Rey del Salitre

TAMBOR 1
Trabajadores que participaron en construcción de los estanques de Tarapacá Water Works, empresa perteneciente a John Thomas North.

La figura de North fue polémica. Fue conocido como el «Rey del Salitre» y que su acción en había «northinizado» la región de Tarapacá. De la misma manera, algunos libros de historia establecen a este industrial inglés como uno de los gestores que desencadenaron la Revolución de 1891.
Desde Inglaterra generó presiones en distintos sectores de la sociedad chilena para desencadenar la Guerra Civil y con ello resguardar sus intereses comerciales.
Esta situación responde a que el presidente José Manuel Balmaceda, en su plan de gobierno, manifestaba su interés en controlar la industria salitrera.
John Thomas North llegó a Chile en 1866 cuando tenía 24 años, contratado como técnico mecánico, para armar equipo ferroviario de Carrizal Bajo y Caldera. Entre 1868 y 1875 trabajó en Iquique y Pisagua en las maestranzas y oficinas salitreras, todas ellas de capital inglés.
Con ahorro y préstamos de amigos fundó, en 1875, la Compañía de Aguas de Iquique. Esta empresa fue el inicio de su éxito económico. Luego adquirió los certificados de las salitreras y en 1881 North se convierte en dueño indiscutido de las oficinas Primitiva, Peruana, Ramírez, Buen Retiro, Jazpampa y Virginia.
En 1882 regresó a Londres. Durante los siguientes ocho años capitalizó su imperio económico ofreciendo acciones en la bolsa de Londres y controlando en forma directa o indirecta quince salitreras, cuatro empresas ferroviarias dependientes de la Nitrate Railways, también estaban la Tarapacá Waterworks, Banks of Tarapacá and London y Nitrates Provisions, que fue una distribuidora de alimentos e importaciones.
Sus grandes negocios y un ostentoso estilo de vida convirtieron a North en el «rey del salitre», denominación que fue acuñada en Iquique ante el dominio e influencia de este inglés.
North visitó por última vez Chile durante 1889. Posteriormente pasó los últimos años de su vida en Londres. Su muerte ocurrió en 1896. A esa fecha ya se había desecho de la mayoría de sus interese salitreros e invertido en minas de plata y oro en el Congo y Australia.

Influencia británica

Después de la Guerra del Pacífico comienza la influencia británica en Tarapacá y Antofagasta.
La situación privilegiada de los ingleses tiene su base dos años antes, debido a los estragos que provocó en Perú en la desvalorización de los certificados salitreros.
Los industriales, preocupados de perder todos sus fondos, comenzaron a vender los documentos a muy bajos precios, situación que fue aprovechada por ingleses y capitales extranjeros para adquirir fácilmente un gran número de oficinas.
Entre estos destacó el inglés John Thomas North quien utilizó créditos entregados por bancos de Valparaíso para hacerse una pequeña fortuna que fue incrementando cuando extendió sus inversiones en otros ámbitos como el transporte de agua y el ferrocarril.
En 1890, el 60 por ciento de la industria era controlada por capitales ingleses.
En 1912 Chile tenía el 40 por ciento de la propiedad total en comparación con el resto que pertenecía a inversionistas extranjeros, entre ellos ingleses.