La leyenda de La Tirana

La Reina del Tamarugal

En la Tirana, un pequeño pueblo situado a 72 kilómetros al suroeste de Iquique, se efectúa cada 16 de julio la fiesta religiosa más importante de la zona norte.
Ese día y durante la semana que precede, el santuario cuadriplica su población con la llegada de peregrinos y bailes religiosos que se congregan para rendir homenaje a la Virgen del Carmen, la «Chinita», la Reina del Tamarugal, Patrona de Chile, Madre de Dios y protectora de los creyentes.
El día de fiesta se lleva a cabo una multitudinaria misa en la explanada del Santuario que es coronado con fuegos artificiales y la participación de 5 mil danzantes que integran los 120 bailes religiosos que honran a la Reina de la Pampa del Tamarugal.
El Santuario de La Tirana está actualmente en proceso de remodelación. El gobierno entregó 90 millones de pesos para llevar adelante el proyecto que incluye la ampliación de dos naves laterales, el recambio de los pilares y el mejoramiento general del edificio. La idea es lograr, a mediano plazo, que la Santa Sede conceda la categoría de Basílica al templo.

Leyenda de La Tirana

En 1535 Diego de Almagro salió del Cuzco para conquistar Chile. Lo acompañaron alrededor de 50 españoles y diez mil indios peruanos. En esta comitiva iban dos personajes importantes: Paullo Tupac, príncipe de la familia de los incas y Huillac Huma, último sacerdote del extinguido culto al dios sol. Ambos eran tratados en forma deferente por los españoles que los consideraron por su elevada jerarquía. Estaban destinados a pagar con la vida si se producía una rebelión entre los indios de la expedición.
Secretamente vinieron algunos wilkas o capitanes experimentados de los antiguos ejércitos imperiales incas. También llegó un grupo de sacerdotes, quienes bajo su aparente humildad y sumisión esperaban sólo el momento oportuno para vengarse.
Acompañaba a Huillac Huma, su hija la Ñusta. En sus venas tenía sangre de los incas soberanos del Tahuantiusyo. Huillac Huma escapó de los españoles hacia Calama. Sus planes eran fomentar una rebelión. La Ñusta con un grupo de incas los alcanzó más tarde en Pica, desde donde huyó seguida de un centenar de wilkas hacia la Pampa del Tamarugal. Los incas apodaron a esta región Tarapacá, que significa escondite o boscaje impenetrable.

Su reinado

Durante cuatro años la Ñusta, rodeada de sus fieles y valientes wilcas, fue la reina y señora de esos lugares. Con inteligencia organizó sus huestes y convirtió esos bosques en un baluarte inexpugnable, regido por la férrea mano de la bella princesa, que pasó a llamarse «La Tirana del Tamarugal».
Las tribus vecinas y las muy remotas vieron en la bella princesa la capitana viviente de sus ideales. La apoyaron en su airada protesta contra la dominación extranjera y rechazaron con fuerza la doctrina del cristianismo.
De todos los rincones acudieron a rendirle pleitesía y a jurarle lealtad. Los indios valerosos hicieron una guerra sin cuartel que tenía una regla invariable: dar muerte a todo español o indio bautizado que cayese en su poder.

La pasión

Un día las huestes de la Tirana atacaron en las inmediaciones de la selva a un grupo enemigo y capturaron algunos prisioneros. Así fue como llevaron a su presencia a uno de los extranjeros. Cuando lo interrogó, muy altivo dijo llamarse Vasco de Almeyda y pertenecer a un grupo de mineros portugueses establecidos en Huantajaya, añadiendo que se había internado en la comarca en busca de la «Mina del Sol», cuya existencia le había revelado un cacique amigo.
El corazón de la Ñusta, tan implacable, comenzó a latir con prisa. Lamentablemente para la princesa, los wilkas y los ancianos de la tribu, acordaron la aplicación de la pena de muerte para el prisionero. El corazón de la princesa, que hasta ahora no había conocido vacilación, se estremeció de pena al escuchar la cruel sentencia. El estoico desdén ante la pena de muerte que demostró el noble y gallardo prisionero la indujeron a amarlo con desesperación. Entonces comenzó a pensar en cómo librarlo de su ejecución.
Después de pensar la noche entera la princesa encontró una fórmula para salvar a su amado. En su carácter de sacerdotisa fingió consultar los astros del cielo e interrogar a los ídolos, tutelares de la tribu. Después de meditar, reunió a su tribu y dijo que la ejecución del prisionero debía retardarse hasta el término del cuarto plenilunio.
Los cuatro meses siguientes fueron de descenso para los guerreros del Tamarugal. La princesa no repitió durante ese período las correrías asoladoras que eran el espanto de los colonos de Pica y Huantajaya. Ella ya tenía otro objetivo: quería vivir por su amor.

El Bautismo

Según la leyenda, los diálogos de la pareja se prolongaban de sol a sol. La princesa le preguntó al portugués:
-Y de ser cristiana y morir como tal ¿renaceré en la vida del más allá y mi alma vivirá unida a la tuya por siempre jamás?
– Así es, amada mía. Contestó Almeyda.
– Estas seguro de ello, ¿verdaderamente seguro?
– Me mandan creerlo mi Dios y mi religión, que son la fuente de toda verdad.
En un rapto impetuoso la Ñusta pronunció las palabras que serían su perdición.
– Entonces bautízame, quiero ser cristiana, quiero ser tuya en ésta y en la otra vida.
Almeyda cogió agua vertiéndola sobre la cabeza de la amada y pronunció las palabras sacramentales:
– Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu…
No pudo terminar la frase, porque los wilkas que los vigilaban no pudieron resistir esa traición y en una airada reacción dispararon flechas sobre ellos.
Ambos cayeron abatidos como tronchados por un huracán. La Ñusta, herida de muerte, sobreponiéndose a sus intolerables dolores, llamó a su alrededor a los wilkas, a los sacerdotes y al pueblo con voz entrecortada.
– Muero contenta, muero feliz, segura como estoy, como creyente en Jesucristo, en que mi alma inmortal ascenderá a la gloria y llegaré al trono de Dios, junto a quien estará mi amado, con quien viviré toda una eternidad. Sólo les pido que después de mi muerte coloquen una cruz en mi sepultura y al lado de la de mi amado.

Consagración

Entre 1540 y 1550, fray Antonio Rondon, de la Real Orden Mercedaria, evangelizador de Tarapacá y Pica, llegó al Tamarugal para levantar el estandarte de Cristo. Un día vio un arcoiris y siguió su haz de luz hasta un bosque de tamarugo, donde encontró una cruz cristiana.
Fray Antonio vio en ello una especie de indicio del cielo, una llamada de recuerdo a la Princesa Tirana del Tamarugal. En el lugar edificó una ermita que con el correr del tiempo se convirtió en iglesia. La colocó bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, pensando en el escapulario carmelita que llevaba Vasco de Almeyda.

Leyenda de La Tirana

 

En 1535 Diego de Almagro salió del Cuzco para conquistar Chile. Lo acompañaron alrededor de 50 españoles y diez mil indios peruanos. En esta comitiva iban dos personajes importantes: Paullo Tupac, príncipe de la familia de los incas y Huillac Huma, último sacerdote del extinguido culto al dios sol. Estaban destinados a pagar con la vida si se producía una rebelión entre los indios de la expedición.
Secretamente vinieron algunos wilkas o capitanes experimentados de los antiguos ejércitos imperiales incas.
 Acompañaba a Huillac Huma, su hija la Ñusta. En sus venas tenía sangre de los incas soberanos del Tahuantiusyo. Huillac Huma escapó de los españoles hacia Calama. Sus planes eran fomentar una rebelión. La Ñusta con un grupo de incas los alcanzó más tarde en Pica, desde donde huyó seguida de un centenar de wilkas hacia la Pampa del Tamarugal. Los incas apodaron a esta región Tarapacá, que significa escondite o boscaje impenetrable.
Durante cuatro años la Ñusta fue la reina de esos lugares. Regido por una férrea mano, la princesa pasó a llamarse «La Tirana del Tamarugal». De todos los rincones acudieron a rendirle pleitesía y a jurarle lealtad. Los indios valerosos hicieron una guerra sin cuartel que tenía una regla invariable: dar muerte a todo español o indio bautizado que cayese en su poder.


Vasco de Almeida


Un día las huestes de la Tirana atacaron a un grupo de españoles y capturaron prisioneros. Así fue como llevaron a su presencia a uno de los extranjeros. Cuando lo interrogó, muy altivo dijo llamarse Vasco de Almeyda y pertenecer a un grupo de mineros portugueses establecidos en Huantajaya.
El corazón de la Ñusta se enamoró del europeo. Lamentablemente para la princesa, los wilkas y los ancianos de la tribu, acordaron la aplicación de la pena de muerte para el prisionero. La princesa se estremeció al escuchar sentencia. Entonces comenzó a pensar en cómo librarlo de su ejecución. En su carácter de sacerdotisa fingió consultar los astros del cielo e interrogar a los ídolos, tutelares de la tribu. Después de meditar, reunió a su tribu y dijo que la ejecución del prisionero debía retardarse hasta el término del cuarto plenilunio.
Los cuatro meses siguientes fueron de descenso para los guerreros del Tamarugal. La princesa no repitió durante ese período las correrías asoladoras que eran el espanto de los colonos de Pica y Huantajaya. 
Según la leyenda, la princesa le preguntó al portugués:
-Y de ser cristiana y morir como tal ¿renaceré en la vida del más allá y mi alma vivirá unida a la tuya por siempre jamás?
– Así es, amada mía. Contestó Almeyda.
– Estas seguro de ello, ¿verdaderamente seguro?
– Me mandan creerlo mi Dios y mi religión, que son la fuente de toda verdad.
En un rapto impetuoso la Ñusta pronunció las palabras que serían su perdición. 
– Entonces bautízame, quiero ser cristiana, quiero ser tuya en ésta y en la otra vida.
Almeyda cogió agua vertiéndola sobre la cabeza de la amada y pronunció las palabras sacramentales:
– Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu…
No pudo terminar la frase, porque los wilkas que los vigilaban no pudieron resistir esa traición y lanzaron flechas sobre ellos.
Ambos cayeron abatidos. La Ñusta, herida de muerte, llamó a su alrededor al pueblo con voz entrecortada.
– Muero contenta, muero feliz, segura como estoy, como creyente en Jesucristo, en que mi alma inmortal ascenderá a la gloria y llegaré al trono de Dios, junto a quien estará mi amado, con quien viviré toda una eternidad. Sólo les pido que después de mi muerte coloquen una cruz en mi sepultura y al lado de la de mi amado.


Consagración


Entre 1540 y 1550, fray Antonio Rondon, de la Real Orden Mercedaria, evangelizador de Tarapacá y Pica, llegó al Tamarugal para levantar el estandarte de Cristo. Un día vio un arcoiris y siguió su haz de luz hasta un bosque de tamarugo, donde encontró una cruz cristiana.
Fray Antonio vio en ello una especie de indicio del cielo, una llamada de recuerdo a la Princesa Tirana del Tamarugal. En el lugar edificó una ermita que con el correr del tiempo se convirtió en iglesia. La colocó bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, pensando en el escapulario carmelita que llevaba Vasco de Almeyda.

Cosmovisión andina en la región de Tarapacá

El investigador Juan Alvarez Ticuna desarrolló un estudio sobre la cosmovisión andina y su impacto en las tradiciones religiosas de la Región de Tarapacá. En ella explica que hace más de 500 años se estableció en nuestra provincia, por presión y reacción, una nueva situación religiosa.
«Los ritos ancestrales que hasta entonces se celebraban con toda libertad, tuvieron que ocultarse bajo el calendario cristiano-romano, para no ser definitivamente erradicados».
De esta manera, la fiesta más importante de los conquistadores -la fiesta patronal- fue reinterpretada y celebrada bajo moldes de la propia cosmovisión indígena, asumiéndola como fiesta también de la comunidad.
«En un mundo globalizado, que tiende a teñirse de homogeneización y universalización, las costumbres de los pueblos rurales luchan por conservarse en la memoria oral y en la responsabilidad social de fabriqueros, mayordomos, alféreces, yatires y ancianos».
Agrega que «no se trata de una empecinada negativa a los cambios que trae consigo la modernidad, sino de afincar el presente y el futuro en la piedra angular del desarrollo de los pueblos milenarios: su pasado y su tradición».
«Esta tradición adopta elementos foráneos y recientes, pero que no claudica en reproducir aquellos patrones que miran al mundo, contemplación que ha permitido sobrevivir culturalmente ya cinco siglos, con perspectivas cada vez más esperanzadoras y humanas».

Fiestas patronales en la Región de Tarapacá

Fiestas patronales

El mundo aymara está repleto de festividades comunitarias que mezclan la tradición originaria con las creencias religiosas cristianas. En el poblado precordillerano de Cariquima, distante a 200 kilómetros al este de Iquique, se desarrolla cada 24 de junio la fiesta patronal de San Juan, el Bautista.
La fe católica establece que el día de San Juan es el 24 de junio, pero en Cariquima lo celebran cinco meses después de esa fecha. Todo el pueblo respeta este extraño cambio de fecha. Sin embargo, nadie sabe cuándo ocurrió. Es una tradición que ha pasado por generaciones. 
Familias enteras viajan desde distintos puntos del país con el objetivo de estar en su tierra durante los días de fiesta.
La fiesta de San Andrés de Pica se desarrolla entre el 20 y 30 de noviembre. Esta celebración patronal es similar a las anteriores descritas. Sus características particulares radican en que se baila el cachimbo piqueño, una variante de esta danza nortina.
Matilla celebra, cada 13 de junio, a San Antonio de Padua. La comunidad saca en andas al santo luego de una semana de actividades y oficios religiosos. Los acompaña una banda de bronce, alertados por los petardos que revientan las personas de mayor edad en el poblado.
En Iquique la fiesta religiosa más llamativa es la de San Pedro, patrono de los pescadores. Cada 29 de junio los pescadores artesanales salen en sus embarcaciones para pasear la imagen del santo por la bahía de Cavancha. Parte de las celebraciones incluyen bailes de la agrupación «Los Morenos de Cavancha» que cada año danzan por las calles de la Península.

San Lorenzo de Tarapacá

San Lorenzo de Tarapacá

Si bien no tiene el carácter masivo de La Tirana, la fiesta con que los fieles saludan a San Lorenzo de Tarapacá cada 10 de agosto cuenta con las mismas muestras de fe y devoción de las festividades patronales de todo Chile.
San Lorenzo, el «Lolito» como le llaman cariñosamente los peregrinos, fue un diácono del Papa Sixto II, que se dedicaba a recaudar dinero para repartirlo entre la gente más pobre de Roma. Valeriano, el Emperador romano de esa época, ordenó al sacerdote reunir todo el dinero posible en una plaza de la ciudad. El día estipulado para que el diácono cumpliera su misión, Lorenzo dijo al monarca que se acercara a la ventana, que allí estaba toda la riqueza de la Iglesia. Valeriano al ver la plaza poblada de mendigos ordenó matar a Lorenzo en las brasas de una parrilla el 10 de agosto del año 258 de nuestra era. 
Mientras San Lorenzo era quemado vivo a causa del castigo, oró a Dios diciendo «Gracias te doy, Señor mío, por haberme dado poder para entrar en el Reino de tu eterna bienaventuranza». Luego expiró.
Su imagen es venerada cada año en distintas partes del mundo, siendo la de Tarapacá una de las fiestas más antiguas de América que se realiza en su memoria.
El cuerpo del santo fue enterrado en su ciudad natal, Huesta, dentro del Monasterio «El Escorial» y su devoción llegó a Chile junto con los conquistadores españoles.
A pesar de haber sido azotado por terremotos e incendios, el pueblo de Tarapacá conserva gran parte de su estilo arquitectónico. 
El actual templo se encuentra en reconstrucción desde que en 1997 fue destruido por un terremoto en más de un 70 por ciento de su estructura.


Fiesta de la reliquia

Cada 28 de abril en el poblado de Tarapacá realiza una festividad religiosa en honor a la Reliquia de San Lorenzo.
Fermín Méndez, encargado del comité organizador, destaca que esta fiesta se institucionalizó en el Santuario en 1997, año en que fue traída desde España una pequeña parte del hueso parietal del santo.
En 1997 los administradores de El Escorial, lugar en donde descansa los restos de San Lorenzo, a petición del ex obispo de Iquique Raúl Troncoso, accedieron a enviar un trozo del cuerpo del santo al templo de Tarapacá.

Fiesta de La Tirana reseñada en 1900

La Patria

Mártes, 24 de julio de 1900

Animadas en extenso han estado este años las fiestas religiosas en el pueblecito de La Tirana.
A la asistencia de más de doscientos peregrinos, unióse la del Vicario Capitular de Tarapacá, monseñor Cárter, y la de varios sacerdotes de otras parroquias dando a aquellas más solemnidad que otras veces.
Las gentes devotas de la pampa acuden allá, como se sabe, a visitar el templo de La Tirana, que es muy hermoso y está muy bien adornado y a tomar parte en la procesión de la Virgen del Carmen, cuya imagen es paseada en andas y seguida por los romeros que con fe sencilla o con verdadero amor patrio, saludan en ella a la invicta Patrona del Ejército de Chile.
Después de estas ceremonias, la fiesta de La Tirana continuó revistiendo los caracteres simplemente profanos de costumbre.
Lo usual, lo que sucede siempre.
Los indios de las sierras vecinas bailan sus danzas y tocan sus tambores y los peregrinos en general buscan el medio de divertirse como mejor pueden, aunque siempre con sencillez y guardando la compostura que les impone la proximidad del templo.