La anchoveta en Iquique

La anchoveta se transformó en el principal recurso extractivo. Como parte del estilo de vida, el horario de trabajo se desarrollaba sólo durante el día. Dependiendo del turno y la época del año, las naves podían salir a partir de las 5 a siete de la mañana y regresar cerca de las 20 horas, horario de invierno.

En 1974, ocurrió un cambio radical en la dinámica pesquera, la anchoveta desapareció de las aguas y, en cambio, se hizo más patente la presencia de la sardina española. La variante del recurso hizo que la jornada laboral pasara a ejecutarse durante la noche, horas en que los cardúmenes están en las capas más superficiales del mar.

Comenzaron los turnos nocturnos y el horario de trabajo, junto con el ritmo de vida, cambió drásticamente. La jornada laboral se extendía hasta el sábado a las 2 de la tarde, recomenzando el lunes a partir de las 6 de la mañana.

Para entonces, el decreto 214 sobre normas laborales promulgado en 1965 por el Presidente Eduardo Frei Montalva, fue negociado por los propios tripulantes y las ocho horas de trabajo fueron extendidas a diez. En distintos convenios colectivos también se incluyó un bono de captura que dependía de las horas trabajadas y el volumen de carga que generaba cada operador. En diciembre los cheques variaban según cuántas horas extraordinarias trabajaban los tripulantes y los empleados de plantas.

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La Harina de pescado en Iquique

La harina de pescado se usa en la alimentación de todo tipo de animales alrededor del mundo. En Chile este producto es utilizado en la salmonicultura y en la crianza de aves y cerdos.

El proceso de fabricación no ha variado mucho con el paso de los años, a grandes rasgos consiste en retirar una gran cantidad de agua al pescado para evitar su descomposición, reduciendo el peso y volumen a una cuarta parte del tamaño real.

Para producir harina de pescado es necesario un extenso proceso industrial que comienza con la captura del recurso en grandes embarcaciones especiales en esta faena.image

Al atracar el barco se utiliza el “agua de descarga” para sacar la pesca de las bodegas de las naves. Luego, un sistema de bombeo succiona la mezcla de agua y restos de pescado para impulsarla por una larga cañería desde el lanchón hasta la recepción de la planta. Luego que la mezcla llega a la planta se separa el agua del pescado y es filtrada para recuperar la mayor cantidad de trozos de alimento. Luego el líquido es devuelto al mar.

Por mientras, el pescado es almacenado en grandes estanques donde permanece hasta que es traspasado a los cocedores. Mientras espera, el pescado suelta líquidos corporales, entre ellos sangre, dando origen a un líquido color rojo lechoso, con alto contenido en sustancias nutritivas. Esta sustancia también es cocida al vapor para aprovecharla en la producción de la harina.

Luego de permanecer por lo menos 18 horas almacenados en los pozos, pasa a cocedores en donde el producto se transforma en una mezcla de pescado cocido y agua. Este líquido es separado de los sólidos mediante un proceso de prensado. El residuo es conocido como “licor de prensa” que contiene agua, proteínas disueltas y aceite.

En etapas posteriores el licor de prensa es tratado para retirarle todos los nutrientes y lo que queda es la llamada “agua de cola” que, a su vez, es procesada y evaporada, quedando un material concentrado que es agregado a la harina.

El resultado es empaquetado y enviado a los distintos compradores de Europa, Estados Unidos y Chile.

El proceso genera algún grado de contaminación, pero durante cuarenta años de evolución, la industria ha invertido en procesos tecnológicos para tratar las aguas de descarga y las emanaciones de olores.

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La vida en una goleta

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El estilo de vida y la significación de la industria pesquera en Iquique tuvo distintas connotaciones conforme fue pasando el tiempo. Cuando se instalaron las primeras pesqueras en 1956 la crisis en la ciudad era profunda. Iquique era una ciudad pequeña, con 15 mil habitantes, la mayoría ex pampinos cesantes y sus familias.

En ese tiempo ya se encontraba la Pesquera Cavancha, que más adelante adquiriría el nombre de Iquique.

Para Hugo Herrera, presidente del Sindicato de Interempresas de Tripulantes, en un principio el trabajo en alta mar en grandes naves recolectoras era una situación poco común.

En 1960 comenzó una rápida instalación de pesqueras y armadurías para sustentar lo que sería un gran negocio para inversionistas locales y nacionales. Para entonces, los rumores y expectativas de trabajo, eran más auspiciosas. Todos ponían las esperanzas en la extracción de anchoa, principalmente.

En marzo de 1963 fue creado el Sindicato de Profesionales de Tripulantes que más adelante se transformaría en interempresas.

A mediados de los 60 Iquique contaba con 27 plantas instaladas, de las cuales no todas trabajaban. También existían dos industrias en Pisagua e incluso una en Patillos. En 1961 llegan Astilleros Marco a Chile para invertir en Iquique, sumándose de esa manera a apoyar el desarrollo de la industria pesquera del norte y la invitación extendida por la Corporación del Fomento, Corfo.

A mediados de esa década el Sindicato Profesional de Tripulantes Pesqueros surgía como una de las entidades gremiales más fuertes de Iquique con más de mil 800 socios inscritos. Ya en ese año, la economía local daba vueltas en torno a la cuota de extracción de las pesqueras. Las banderas negras, que hacía siete años eran comunes en las casas, ahora eran reemplazadas por banderas chilenas.

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Iquique, cuna del béisbol chileno

En medio del auge del ciclo salitrero, un barco de la Línea Maru atracó en las costas de Iquique. Aunque no parece nada extraño considerando el movimiento industrial de una ciudad pujante ante los ojos del mundo, la llegada de esa nave marcaría para siempre la historia del deporte en la ciudad, pues a bordo venía Tatukichi Sakurada Endo, un japonés atraído por la bonanza del norte de Chile y que venía entusiasmado con la práctica de un deporte que era la sensación en los Estados Unidos, Europa y Japón. Sakurada, ya autobautizado como Juan, se dispone a buscar ocho interesados iquiqueños en aprender esta nueva disciplina y es así que en 1931 se forma la primera Asociación de Béisbol en Iquique y en Chile.

Ante la falta de rivales, el equipo de Sakurada sólo podía dividirse para practicar el béisbol, a la espera de la llegada de un barco con norteamericanos u orientales amantes de este deporte.

Muy poco después, la fiebre del béisbol fue contagiada a otras ciudades del norte de nuestro país y comienzan a gestarse los primeros clubes y competencias en Antofagasta, Chuquicamata, Tocopilla y sobre todo Iquique.

Manos hinchadas

Ante la falta de implementación, el propio Sakurada elaboró guantes, bates y pelotas de béisbol, «que obviamente no tenían las medidas ni el peso adecuado y terminábamos con las manos hinchadas», recuerda Luis Guerrero, seleccionado iquiqueño y campeón nacional en 1960.

Se jugaba en un improvisado diamante en la península de Cavancha, donde hoy se ubica el Hotel Chucumata. «Lo hacíamos arriba de las piedras y antes de empezar limpiábamos la cancha. En invierno salía un ojo de mar y nos íbamos a Iquitados».

Para llegar hasta Cavancha, los deportistas debían bajarse de la micro en el sector de las «cinco esquinas», frente al Liceo Politécnico, y caminar por la costa hasta el Sipt, como se conocía a las canchas en la entrada de la península de Cavancha.

Otros japoneses llegaron a Santiago y junto a nicaragüenses, venezolanos y chilenos interesados forman los primeros clubes, uno de los cuales llegaría a Iquique en 1949 para participar en un mini torneo, el primer interciudades del béisbol chileno.

Poco a poco se forman clubes en nuestra ciudad, como Nitch, Cóndor, Sol Naciente, Salvo, Splendid, Blindado, Norteamérica, Deportivo Español y luego Olimpo, Academia de Educación Física, Cardenales de San Martín, Crisol, Iquitados, Remache y Canadá. De ellos saldría la primera novena iquiqueña que se tituló campeona del béisbol en Chile y luego vendría la obtención del primer lugar en Antofagasta en 1956, en 1958 en María Elena y el último en Iquique en 1960. Manuel Loyola y Luis Guerrero son dos de los «héroes» de este último logro.

Ocaso de un deporte

El éxito del béisbol en el norte no sólo se debía a los buenos exponentes de la disciplina, sino que también cumplían un papel fundamental los dirigentes, cuya desaparición -a juicio de los dos ex campeones del 60- provocó una baja en la práctica del deporte. «El béisbol empezó a decaer por la falta de dirigentes interesados y un mal manejo de las asociaciones», enfatiza Guerrero. Los clubes lentamente se desintegraron y la profesionalización de otras disciplinas con mayores seguidores terminó con la práctica masiva del béisbol, aunque Iquique conseguiría importantes logros en las décadas posteriores al «boom» de la actividad, principalmente a través de representantes en los seleccionados nacionales de 1968 y 1975.

Pero los antiguos estandartes de la disciplina, como Luis Guerrero y Manuel Loyola, guardan el orgullo de haber pertenecido a las novenas campeonas de Chile, representando a la ciudad que vio nacer al béisbol en el país.

Santo home-run

Son cientos los deportistas y dirigentes a los cuales el béisbol iquiqueño les debe su historia, pero entre ellos resalta la figura de un sacerdote de los Oblatos de María Inmaculada, el canadiense Marcelo Quirión. Con la fuerza y técnica de su batazo, logró inmemorables hazañas para Iquique. Llegó a nuestra ciudad en 1949 y trajo desde su Sherbrooke natal la magia del mejor béisbol, ese que actualmente sólo puede ser visto por los canales de televisión especializados.

Fue la figura indiscutida del nacional de 1960 en Iquique, junto a Reynoso, Guajardo, Cortés, Loyola (capitán) y Guerrero, quien el mismo año sería convocado a la selección nacional. Quirión antes había resaltado en el vicecampeonato del 57 en Santiago y en el título del 56 en Antofagasta, del que se recuerda el batazo que envió la pelota fuera de la cancha y obligó el término del partido ante la algarabía de los iquiqueños. «Fue la rúbrica final del jugador más brillante del torneo, del que se robó todos los elogios y del que brilló con luz propia de crack dentro y fuera del diamante», escribió en una crónica el gran Homero Avila, Premio Nacional de Periodismo Deportivo.

El padre Quirión vivió por muchos años en la Oficina Victoria y falleció durante el año 2000 en el hospital de los misioneros oblatos de Richelieu, Canadá.

Los años dorados del fútbol amateur en Iquique

La época más gloriosa del fútbol amateur iquiqueño ocurrió entre 1935 y 1945. Durante esa época la selección local destacó en varios torneos y en varias ocasiones derrotó elencos que eran considerados profesionales.

Esta transformación ocurrió en el Iquique de las calles de tierra y las veredas de madera. En esa época era común ver deportistas iquiqueños destacados en distintas disciplinas repartidos por todo el país.

La prensa nacional dedicada al tema le daba páginas enteras al deporte iquiqueño y sus figuras. Dentro de ese auge, el fútbol ocupaba un sitial de honor. En la década del cuarenta y en cada oficina salitrera había una cancha de tierra en las que los esforzados trabajadores aprovechaban sus escasos momentos libres bajo el inclemente sol pampino.

Una de esas oficinas, San Enrique, representó a Iquique en un campeonato nacional de fútbol amateur. En 1935 este plantel desarrolló una campaña impecable en el campeonato nacional amateur, doblegando sin mayores complicaciones a O»Higgins de Chillán, Osorno Atlético, San Lorenzo de Coquimbo, Eleuterio Ramírez de Temuco y a Universitarios de Santiago en la final, con dos goles de Sanhueza y uno de Manuel Arancibia, quien finalmente resultaría goleador del certamen y contratado por Colo-Colo. Los diarios nacionales de la época decían que era una falta de respeto mandar a una oficina salitrera el campeonato nacional, «pero resulta que esa oficina salitrera no sólo fue campeona de Chile sino que además ganó invicta», sostiene el dirigente deportivo Arsenio Lozano.

Dos años más tarde de la «Hazaña de San Enrique», Iquique resultaría campeón de una de las ocho zonas en que se dividió al país para realizar el torneo de fútbol amateur. En los hoy conocidos como «play offs», la oncena local se impuso a Ovalle, Santiago y Talcahuano, para obtener el título nacional y la copa Ciudad de Montevideo.

Sin embargo, lo mejor estaría por venir, por cuanto no conforme con adjudicarse el primer lugar en el campeonato, disputó un encuentro con el campeón del fútbol profesional, Colo-Colo, para definir a quien sería el Campeón Absoluto de Chile. Zuzulich, Salfate, Cuevas, Cisternas, Barrera, Aguilar, López, Morales, Alacchi, Torrico y Leiva fueron los artífices de lo que a la postre sería una de las más grandes glorias del deporte iquiqueño. Era primera vez que un equipo amateur arrasaba con todos los equipos que se le pusieran en frente, aún cuando fueran profesionales.

Los años siguientes la escuadra iquiqueña no lograría actuaciones memorables y se vería desplazada por la oficina Pedro de Valdivia en varios torneos, hasta que llegó 1943 y se conformó la que muchos consideran la mejor selección de Iquique, que nuevamente ganó el título nacional y se quedó con el «Absoluto» tras derrotar a Unión Española, el campeón profesional, con una dupleta de Oscar Soto.

Los once hombres que alcanzaron la cima fueron Sola, Torres, Gallardo, Wood, Barreda, Torrico, Morales, Acuña, Miranda, Ramos y Pérez. «Nunca más se volvió a jugar el Campeonato Absoluto, para que el campeón profesional no fuera humillado. Desde ahí hubo un divorcio entre el fútbol amateur y el fútbol profesional, e Iquique fue causante de ese divorcio», asegura Lozano.

La mejor época

Para el sociólogo y estudioso del deporte iquiqueño, Bernardo Guerrero, la selección de fútbol amateur que existió durante los años cuarenta fue la mejor que ha tenido Iquique.

 «Sin exagerar, la revista Estadio se nutría del deporte iquiqueño y el deporte iquiqueño, a su vez, se nutría de la revista Estadio. No había revista Estadio en la que no apareciera un iquiqueño», agrega. Otra de las recordadas temporadas de la selección de Iquique fue la de 1955, cuando se adjudicó el título ante una persistente lluvia en el Estadio El Bajo, de Temuco. De los once hombres iquiqueños, hubo uno que «rugió» muy fuerte en la cancha, a tal punto que luego de esos 90 minutos quedó bautizado como «El León del Bajo», el lateral Oscar Benimellis, quien aún recuerda el ambiente vivido en la época.

Bernardo Guerrero asegura que hay dos hitos que fueron gravitantes en la caída del fútbol amateur. «Por un lado, después del Golpe de Estado de 1973, donde se prohiben todas las asociaciones y los clubes. Luego, y aunque hay mucha gente que no comparte esto, el nacimiento de Deportes Iquique perjudica el desarrollo fútbol amateur y tenemos hoy día un Deportes Iquique que no es ni profesional ni amateur». El sociólogo sostiene que durante todo el período de éxito y glorias deportivas, existía una ética y mística de un modelo amateur de hacer deporte que se quedó, pese a la profesionalización de la actividad. Guerrero tiene una visión más bien pesimista del futuro del deporte, «a menos que hubiera una reingeniería, partiendo por las políticas públicas, entendiendo que el deporte no es ir detrás de una pelota, sino crear instituciones que vayan más allá de lo netamente deportivo».

Lo ve muy lejano, pero por lo menos tiene la satisfacción de saber que hubo un momento en la historia, en que el deporte iquiqueño se hizo conocido en todas partes y alguien sabiamente acuñó la frase que quedaría inmortalizada, «Iquique, Tierra de Campeones».