6 lugares de la Región de Tarapacá que no te puedes perder

Iquique es más que playa, sol y desierto. La región de Tarapacá alberga lagunas milenarias en el altiplano, huellas de dinosaurios y tradiciones culinarias.

Más allá de playa Cavancha, la zona franca y la salitrera Santiago Humberstone, Iquique ofrece varios destinos que son desconocidos para la mayoría de los chilenos.

Playas solitarias de suaves arenas, lagunas milenarias en el altiplano y valles poco visitados repletos de huellas de dinosaurios son parte de los secretos por descubrir en la Región de Tarapacá.

La playa de Ike Ike

Ike Ike es una playa que se ubica a 109 kilómetros al sur de Iquique. Por años fue conocida como playa peruana y ahora fue rebautizada como Ike Ike, el nombre original que tenía Iquique en tiempos precolombinos. Con siete kilómetros de extensión, este amplio sector se caracteriza por sus arenas blancas, miradores naturales y una topografía casi totalmente plana. Sin embargo, lo más importante es la tranquilidad de sus aguas y la casi nula afluencia de público durante todo el año. Ike Ike es un remanso de tranquilidad que permite la práctica de deportes náuticos y pesca. Es una playa virgen. No existe ningún tipo de servicios. Sin embargo, es un destino perfecto para conocer durante este verano.

A Ike Ike se llega por una carretera pavimentada que une las ciudades de Iquique y Tocopilla.

LA PLAYA DE PISAGUA

De una extensión más pequeña, pero con las mismas cualidades de arenas blancas, suave oleaje y tranquilidad, la playa blanca que se ubica a pocos kilómetros al norte de Pisagua, es un destino poco conocido incluso para los mismos nortinos.

Caminando también se llega a una zona de acantilados donde encontrará antiguos cañones que datan de la Guerra del Pacífico. Pisagua fue escenario del primer desembarco anfibio de la historia. Con este movimiento bélico, Chile inició su avance a la región de Tarapacá en 1879.

Pisagua está marcado por su esplendor como puerto salitrero durante el siglo XIX y también por oscuras historias ligadas al campo de prisioneros que fue utilizado por varios gobiernos durante el siglo XX. Ahora Pisagua resurge como destino turístico.

Cuesta imaginar que a fines del siglo XIX en Pisagua, donde hoy viven más de 400 personas, habitaban más de 3 mil lugareños. Pisagua tuvo sus días de gloria hace más de un siglo cuando en el Teatro Municipal participaron destacados artistas traídos desde Europa, donde el Hospital fue uno de los más modernos de la zona norte y que las mujeres llevaban los mejores trajes de la época. Ahora es posible ver estos edificios históricos que existen en la calle principal de Pisagua. Lo más llamativo es que Pisagua está aprisionada entre el cerro y la costa.

A lo anterior se debe agregar la playa paradisiaca que posee y la tranquilidad que hoy se respira en ese sector. La ruta a Pisagua está pavimentada en su totalidad y está a tres horas y media de camino desde Iquique.

EL DESCANSO DE MATILLA

El Oasis de Matilla es un remanso de tranquilidad durante todo el año. Ubicado a 109 kilómetros al sureste de Iquique y a hora y media de camino, el principal atractivo son sus tradicionales alfajores. Dos fábricas producen este tradicional dulce a base de miel de mango y coco rallado.

El principal hito de Matilla es su iglesia consagrada a San Antonio de Padua. Cada año, el 13 de junio, los matillanos que viven en el oasis y también quienes residen en distintos puntos de Chile regresan a la tierra que los vio nacer y participan en una gran celebración religiosa y social. La iglesia de Mailla data de 1590. De esta primera construcción a penas sobreviven los cimientos que fueron descubiertos hace un año cuando el templo estaba siendo reconstruido luego que literalmente se viniera abajo en el terremoto de 2005.

Actualmente la iglesia recuperó su forma original y es destino obligado para quienes quieran conocer el estilo de vida en un oasis en medio de la pampa del Tamarugal.

SALAR DEL HUASCO

El altiplano de la Región de Tarapacá alberga sitios de gran belleza natural. Uno de los más renombrados en el Salar del Huasco, ubicado a 3.800 metros de altura y a 174 kilómetros al este de Iquique. Este lugar alberga una bella laguna que es el remanente de un lago del pasado geológico. Su agua tiene una alta concentración de sal y se acumuló por lluvias y acuíferos alimentados por las altas montañas.

El salar tiene una superficie de 51 kilómetros cuadrados y posee un gran ecosistema que alberga varias especies como el halcón peregrino y el flamenco chileno. También existe flora como helechos y la llareta. Es posible que los visitantes tengan la posibilidad de divisar vicuñas, llamas y zorros que viven en este sector.

Actualmente el salar es destino obligado para quienes recorren toda la zona de los oasis de Pica y Matilla, especialmente después que fue declarado santuario de la naturaleza a principios de 2005.

SALAR DE LLAMARA

Otro salar poco difundido en los circuitos turísticos y con una belleza extrema es la laguna de Llamara, ubicada a 104 kilómetros al sureste de Iquique y a sólo 740 metros sobre el nivel del mar. Es de fácil de acceso y está a medio camino entre la ex oficina salitrera Victoria y el control aduanero de Quillagua que limita entre las regiones de Tarapacá y Antofagasta. Las aguas de la laguna son de un intenso color azul y la formación tiene una extensión de más de 70 metros de ancho y un metro de profundidad.

El salar de Llamara se caracteriza por la formación de estromatolito o «alfombras de piedra». Estas formaciones generan un paisaje irrepetible que mezcla la belleza geológica y la existencia de un bosque de Tamarugos.

CHACARILLAS

Tanto Matilla como el salar de Huasco están emplazados en la comuna de Pica. Un tercer punto de atracción mundial de esa comuna es la quebrada de Chacarilla, valle donde fueron descubiertas huellas de dinosaurios que están impresas en las laderas de los cerros.

Este lugar es considerado santuario de la naturaleza desde 2004. Hasta el momento se han encontrado huellas fosilisadas de siete especies diferentes. Las más conocidas son las de tiranosaurio rex y estegosaurio.

A primera vista las pisadas en la Quebrada de Chacarilla distan mucho de la ubicación que tuvieron hace cien millones de años, cuando un río atravesada una selva que poseía una variada flora y fauna. Las pisadas quedaron impresas en barro y con la erosión y los movimientos telúricos esas pisadas permanecieron cubiertas por millones de años hasta que salieron a la luz nuevamente en las laderas que forma la quebrada.

El lugar es de difícil acceso. Está a solo 60 kilómetros al sureste del oasis de Pica, pero el viaje demora cerca de tres horas y media.Sólo llegan vehículos 4×4 que son conducidos por personas que conocen el terreno. El trayecto más lento y largo corresponde cuando el vehículo ingresa a la quebrada y avanza directamente por el lecho del extinto río. Se recomienda que el viaje comience el amanece, para evitar las altas temperaturas del mediodía. Eso sí, la mejor hora para ver las huellas fosilizadas entre las 14 y 15 horas cuando el sol proyecta la sombra suficiente para hacer resaltar las impresiones de las pisadas.

Ver estas huellas de dinosaurios vale la pena el extenso viaje por una zona accidentada. Visitar el valle de los dinosaurios es una verdadera «aventura jurásica», a pesar que las huellas datan del periodo cretácico, más cercano la era contemporánea.

CACTUS DE ANCOVINTO

El altiplano de la Primera Región oculta uno de los fenómenos más llamativos de sudamérica. Cerca de la zona fronteriza con Bolivia se encuentran un especie única: los cáctus gigantes de Ancovinto que crecen en las laderas de los cerros emplazados a 262 kilómetros al noroeste de Iquique.

Los cáctus gigantes de Ancovinto llegan a medir 10 metros de altura y en la zona donde están ubicados permiten divisar a lo lejos el salar de Coipasa.

Pueblos Originarios en la Región de Tarapacá, Chile.

Tierra de dinosaurios

Hace 65 millones de años, los dinosaurios dominaron esta tierra. En vez de extensos desiertos, en la Región de Tarapacá existían sinuosos ríos y amplios bosques que en nada hacían presagiar la sequedad de hoy. A 70 kilómetros al sureste de Pica se encuentra la Quebrada de Chacarillas. En ese lugar existen varias docenas de huellas de dinosaurios que habitaron el Norte Grande. Las huellas pertenecen al periodo cretácico, que comenzó hace 100 millones de años y se caracterizó por la gran variedad de dinosaurios que existieron.
Las huellas fueron descubiertas en 1962 por paleontólogos norteamericanos. Estudios posteriores establecieron que al menos hubo cuatro especies en esta zona: el estegosaurio, el allosaurio, el iguanodón y el tiranosaurio rex.Presencia humana

Presencia humana

Miles de años después, y luego que el mundo enfrentara la última era Glacial, comenzó el poblamiento humano. Los primeros cazadores recolectores y sus familias llegaron al continente americano provenientes del noreste asiático.
Atravesaron el estrecho de Bering y paulatinamente comenzaron a poblar el territorio de norte a sur.
Se estima que las primeras tribus de cazadores recolectores llegaron hace aproximadamente doce mil años a la zona de Tarapacá; no obstante, las primeras huellas registradas tienen unos 10.000 años.
Los habitantes originarios se transformaron en cazadores de guanacos y recolectores de semillas y frutos de algarrobo y chañar. Se organizaban en grupos de 25 personas aproximadamente y tenían una vida nómada.
Se les llamó paleoindios, correspondientes a una epoca muy primitiva de la prehistoria. Utilizaban para su supervivencia piedras, huesos y trozos de madera con las que confeccionaban utencilios.
El antropólogo Lautaro Núñez indica que en esa época el nivel del mar estaba 150 metros más abajo del actual, las temperaturas eran más bajas y las lluvias en la cordillera ocurrían con una mayor frecuencia. Algunos de los salares eran entonces lagos rodeados de una vegetación de estepa.
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Gente de la costa


Los primeros habitantes de esta zona, donde miles de años después nacerá Iquique, conformaban pequeñas tribus nómades que vagaban por el área costera.
Eran  descendientes directos de los aborígenes que en algún momento bajaron del altiplano y posteriormente de la depresión intermedia, permaneciendo su estilo de vida sin grandes cambios, durante cuatro mil años.
De este grupo se sabe poco sobre sus creencias y vida espiritual, pero a partir del periodo arcaico (8.000 AC) hay indicios de un desarrollo cultural mayor identificado como Cultura Chinchorro, que tomó su nombre del balneario donde fueron descubiertas las más antiguas del mundo. Son incluso más arcaicas que las egipcias.
El hombre de Chinchorro pertenecía a un pueblo seminómade, habitando la costa en el circuito comprendió entre Arica y la desembocadura del río Loa.
Con características especiales, los chinchorro permanecían en los afloramientos de napas subterráneas y en los faldeos de los cerros en donde se acumulaba cierta cantidad de agua generada por la camanchaca.
Cuatro mil años antes de Cristo tomaron contacto con los pueblos ubicados en las quebradas del interior y las familias trashumantes de la Pampa del Tamarugal. Otras características que marca la cultura Chinchorro son sus rituales funerarios. Este pueblo enterraba a sus muertos bajo sus viviendas, confeccionadas sobre bases de piedras y levantadas con troncos de cactus.

Momificación

La vida del hombre de Chinchorro era sencilla; su preparación para la muerte, no.
El nivel de especialización que alcanzaron en la momificación era alto. A pesar que existen al menos tres variantes para este proceso de preparación de los cuerpos, dependiente de la época y desarrollo del pueblo; la más común y elaborada es la que se puede apreciar en el Museo Regional de Iquique.
En una de sus alas exhiben seis momias que dejan en evidencia el arduo trabajo para detener el proceso de descomposición: el sistema involucraba retirar la piel, separar la carne del esqueleto y retirar las vísceras para luego apartar las extremidades y reforzarlas amarrando las articulaciones con fibras vegetales.
Después depositaban los músculos en su posición original y colocaban la piel, transformada en pliegues de 10 centímetros como una venda para sostener los músculos. El penúltimo paso consistía en introducir palos de tamarugo longitudinalmente junto a la espina dorsal y en brazos y piernas para garantizar la rigidez del cuerpo.
Sobre el rostro confeccionaban una máscara de arcilla pinta de rojo o negro.
Esta práctica alcanzó su apogeo hacia el año 3.000 AC y comenzó a simplificarse hacia 2.000 antes de Cristo, conservándose en su etapa terminal tan sólo el uso de mascarillas de barro.

Rituales de momificación

Junto a los cuerpos se ofrendaban figurillas de arcilla en miniatura. Una de ellas, que actualmente es exhibida en el Museo Regional de Iquique, contiene un cráneo de ave, imitando a la cabeza humana y una espina de cactus que simboliza la estructura ósea.
Para la arqueóloga Cora Moragas, esta actividad representaba una simbología que hasta el momento no se ha podido establecer con exactitud, especialmente porque los Chinchorro no acostumbraban enterrar a sus muertos con los artefactos que utilizaron en vida.

Vivir frente al mar


Más allá del proceso de momificación, existe una actividad transhumántica y asentamiento relativamente estable donde vivían los chinchorro. Bajo Molle, donde hoy se levante el Barrio Industrial sur de Iquique, hubo un extenso asentamiento humano. Hace veinte años se encontró en el lugar una tumba colectiva a escasa profundidad, la cual fue estudiada por arqueólogos de la Universidad de Tarapacá.
En Caleta Caramucho, a 47 kilómetros al sur de Iquique, existió un campamento semipermanente de cazadores y recolectores, al igual que en Los verdes y Punta de Lobos.
El arqueólogo y antropólogo Olaf Olmos, explicó que en Caramucho encontraron gran cantidad de artefactos correspondientes a la Cultura Chinchorro: cuchillos y puntas de flechas confeccionadas en piedra, morteros de hueso, maderas, anzuelos de conchas de choros y de espinas de cactus. Todos ellos con una data de 6 mil 300 años de antigüedad.

Evolución de la cultura Chinchorro

La Cultura Chinchorro evolucionó y sus descendientes lograron extenderse por todo el litoral del norte de Chile y del sur del Perú, desarrollando constantemente nuevas tecnologías, como artefactos en piedras, cuarzo o basalto como punta de arpones, cuchillos, elaborados y rapadores de pieles.
Para confeccionar sus herramientas golpeaban las piedras directamente en la roca. Los trozos desprendidos en forma de láminas era afilados y retocados para su uso doméstico.
Para la recolección, utilizaban “chopes”, una especie de cucharón de hueso para desconchar los mariscos.
Para sus continuos viajes por el borde litoral llevaban agua en bolsas elaboradas en vientres o vejigas de lobo marino. Cerca del año 300 AC, el desarrollo los llevó a internarse mar adentro gracias a las embarcaciones fabricadas con cueros inflados de lobos marinos. De esta manera lograron alcanzar grandes cardúmenes, lo que posibilitó aumentar su excedente de recursos y a su vez mejorar su interacción con los asentamientos de la depresión intermedia.
Con la navegación extendieron su presencia en todas las caletas de abrigo del litoral y diversificaron su dieta gracias a la caza de albacora y cetáceos menores utilizando arpones de piedra y cuerdas de cuero.
El faenamiento de la caza se realizaba incluso con dientes de tiburón.

La Cultura del Anzuelo

Los cazadores, recolectores y pescadores del litoral de la actual Primera Región estaban bien representados en los asentamientos que existieron en la zona de Pisagua. Hacia el 4.000 AC se desarrolló la “Cultura del Anzuelo de Concha”, denominación utilizada por el arqueólogo Lautaro Núñez.
De acuerdo a sus estudios, estas personas vivían en campamentos-bases destinados primordialmente para la explotación de especies marinas que iban desde pescador a mariscos. La dieta de estas personas incluían mamíferos marinos, tortugas y aves, además de una reducida caza terrestre. En sus basurales fue posible encontrar escasos artefactos confeccionados con huesos de guanaco.
Entre sus utensilios se destacaban morteros de roca con huecos cónicos y tazones de lava negra, de uso previo a la masificación de la agricultura y cerámica.
El equipo de pesca reunía anzuelos de concha y pesas de piedra, arpones de madera con cabeceras desprendibles, plomadas o pesas en forma cilíndrica, chuzos o “chopes” de hueso para el despegue y desconche de mariscos, pesas en forma de bolas, puntas de proyectiles y chuchillos de piedra.
Todos estos utensilios fueron evolucionando y siendo confeccionados con diferentes insumos, dependiendo del nivel de evolución social.
Los Chuzos o “chopes” evolucionaron desde hueso de ballenas hasta trozos de maderas con empuñadura de piel o pelos humanos que eran hilados a mano por los changos.

Gran asentamiento humano

La concentración mayor de poblaciones prehispánicas se ha localizado en la desembocadura del río Loa., donde la disponibilidad de agua permitió el asentamiento humano, según los vestigios hallados, desde el año 3.800 AC.

Los arqueólogos llamaron a este campamento como Huelén-42. El sitio fue levantado por pescadores recolectores que se instalaron y conformaron un lugar compuesto de varios recintos semicirculares.
Los investigadores estiman que a pesar de la sedentarización de la población, su costumbre pudo incluir viajes periódicos para el aprovechamiento de otros ambientes mas altos verificando a través de recolecciones de madera, de frutas silvestres, rocas para tallar artefactos y áreas de caza.
Lautaro Núñez, antropólogo de la Universidad Católica del Norte, afirma que ese campamento contiene cuerpos humanos que fueron sepultados bajo las prácticas funerarias tipo Chinchorro asociadas a tradiciones cazadoras, caracterizadas por sus largas puntas de lanzas.

En Busca del Agua

Conseguir agua en una zona completamente árida fue una verdadera epopeya para los primeros habitantes del litoral de la Provincia de Iquique. Debido a ello el desarrollo se ve asociado a las aguadas y vertientes, que cobran un papel fundamental en el desarrollo de la vida a lo largo del litoral.
Según el arqueólogo Lautaro Núñez, el agua se podía obtener, al igual que hoy, gracias a la neblina o camanchaca que se levanta desde el mar y es empujada por los vientos contra los cerros altos de la Cordillera de la Costa. En las partes altas, esta neblina se condensa al chocar y gotea, formando hilillos de agua entre rocas o una superficie relativamente impermeable. De esta forma se apoza en cuencas naturales, dando origen a las aguadas ubicadas en los cerros. Sin embargo, a veces la roca está fisurada y el agua escurre bajo tierra hasta los faldeos del mismo cerro y aflora en fallas geológicas.
También se podía conseguir agua gracias a napas subterráneas presentes en los sedimentos del borde occidental de la Pampa del Tamarugal. Estas aguas provienen a su vez de precipitaciones infiltradas en las partes altas de la Cordillera de Los Andes. El agua pasa bajo el desierto y aparecen como vertiente en la costa.
Cualquiera sea el caso, los primitivos tuvieron que caminar largas distancias en busca del agua. Desde tiempos inmemoriales utilizaron cuero de lobos marinos y los estómagos de estos animales como cantimploras o depósitos que eran llevados en las espaldas.
Los antecedentes expuestos coinciden con la ubicación de las aguadas de neblinas y los sitios arqueológicos. Entre la zona costera de Pisagua y Taltal se han reconocido más de 80 vertientes, en cada una de las cuales hay vestigios de uno o más asentamientos humanos.

Los habitantes del Altiplano

Al mismo tiempo que la odisea de los primeros hombres del litoral, se ubica el avance de las primeras tribus existentes en el área andina. Corresponde a grupos nómades de cazadores y recolectores que habitaban preferentemente sobre los 3.000 metros de altura, debido a que las condiciones ambientales les aseguraban la existencia de caza de auquénidos.

Los hábitos de ocupación correspondían a la pernoctación en cavernas o quebradas rocosas y en las cercanías de pequeños arroyos que descienden de la cordillera.

Primeras herramientas


Hace cuatro mil años los primeros habitantes del altiplano comenzaron a desarrollar sus utensilios líticos.

Puntas de flechas y piedras con doble filo fueron las herramientas que usaron para cazar y cortar la carne de llamas y alpacas. La mayoría de estos restos arqueológicos fueron encontrados en cavernas, cursos de ríos o afloramientos de napas subterráneas, en casi toda la Provincia de Iquique.

Domesticar al medio


En la región andina, la población se mantiene relativamente estática hasta el año 3.000 AC. Ante la necesidad de alimentos, estos grupos humanos ensayan la domesticación de plantas y animales. Hacía el año 1.000 AC se les encuentra ya como incipientes agricultores. De esta manera, el hombre inicia el manejo de la tierra y del agua para producir alimentos.

Según los estudios realizados en la zona, estos cambios en las costumbres de las primeras poblaciones andinas son el resultado de los múltiples contactos y las influencias de grupos culturalmente más avanzados en las zonas que hoy corresponde a Perú y Bolivia.
En esta misma época ya comienzan las primeras conexiones entre pobladores del altiplano y la costa, permitiendo el intercambio de productos y, por consiguiente, la complementariedad alimenticia.

Pueblos Originarios en la Región de Tarapacá, Chile.

Tierra de dinosaurios

Hace 65 millones de años, los dinosaurios dominaron esta tierra. En vez de extensos desiertos, en la Región de Tarapacá existían sinuosos ríos y amplios bosques que en nada hacían presagiar la sequedad de hoy. A 70 kilómetros al sureste de Pica se encuentra la Quebrada de Chacarillas. En ese lugar existen varias docenas de huellas de dinosaurios que habitaron el Norte Grande. Las huellas pertenecen al periodo cretácico, que comenzó hace 100 millones de años y se caracterizó por la gran variedad de dinosaurios que existieron.

Las huellas fueron descubiertas en 1962 por paleontólogos norteamericanos. Estudios posteriores establecieron que al menos hubo cuatro especies en esta zona: el estegosaurio, el allosaurio, el iguanodón y el tiranosaurio rex.Presencia humana

Presencia humana

Miles de años después, y luego que el mundo enfrentara la última era Glacial, comenzó el poblamiento humano. Los primeros cazadores recolectores y sus familias llegaron al continente americano provenientes del noreste asiático.

Atravesaron el estrecho de Bering y paulatinamente comenzaron a poblar el territorio de norte a sur.
Se estima que las primeras tribus de cazadores recolectores llegaron hace aproximadamente doce mil años a la zona de Tarapacá; no obstante, las primeras huellas registradas tienen unos 10.000 años.
Los habitantes originarios se transformaron en cazadores de guanacos y recolectores de semillas y frutos de algarrobo y chañar. Se organizaban en grupos de 25 personas aproximadamente y tenían una vida nómada.
Se les llamó paleoindios, correspondientes a una epoca muy primitiva de la prehistoria. Utilizaban para su supervivencia piedras, huesos y trozos de madera con las que confeccionaban utencilios.
El antropólogo Lautaro Núñez indica que en esa época el nivel del mar estaba 150 metros más abajo del actual, las temperaturas eran más bajas y las lluvias en la cordillera ocurrían con una mayor frecuencia. Algunos de los salares eran entonces lagos rodeados de una vegetación de estepa.

Gente de la costa

Los primeros habitantes de esta zona, donde miles de años después nacerá Iquique, conformaban pequeñas tribus nómades que vagaban por el área costera.

Eran descendientes directos de los aborígenes que en algún momento bajaron del altiplano y posteriormente de la depresión intermedia, permaneciendo su estilo de vida sin grandes cambios, durante cuatro mil años.
De este grupo se sabe poco sobre sus creencias y vida espiritual, pero a partir del periodo arcaico (8.000 AC) hay indicios de un desarrollo cultural mayor identificado como Cultura Chinchorro, que tomó su nombre del balneario donde fueron descubiertas las más antiguas del mundo. Son incluso más arcaicas que las egipcias.
El hombre de Chinchorro pertenecía a un pueblo seminómade, habitando la costa en el circuito comprendió entre Arica y la desembocadura del río Loa.
Con características especiales, los chinchorro permanecían en los afloramientos de napas subterráneas y en los faldeos de los cerros en donde se acumulaba cierta cantidad de agua generada por la camanchaca.
Cuatro mil años antes de Cristo tomaron contacto con los pueblos ubicados en las quebradas del interior y las familias trashumantes de la Pampa del Tamarugal. Otras características que marca la cultura Chinchorro son sus rituales funerarios. Este pueblo enterraba a sus muertos bajo sus viviendas, confeccionadas sobre bases de piedras y levantadas con troncos de cactus.

Momificación

La vida del hombre de Chinchorro era sencilla; su preparación para la muerte, no.

El nivel de especialización que alcanzaron en la momificación era alto. A pesar que existen al menos tres variantes para este proceso de preparación de los cuerpos, dependiente de la época y desarrollo del pueblo; la más común y elaborada es la que se puede apreciar en el Museo Regional de Iquique.
En una de sus alas exhiben seis momias que dejan en evidencia el arduo trabajo para detener el proceso de descomposición: el sistema involucraba  retirar la piel, separar la carne del esqueleto y retirar las vísceras para luego apartar las extremidades y reforzarlas amarrando las articulaciones con fibras vegetales.
Después depositaban los músculos en su posición original y colocaban la piel, transformada en pliegues de 10 centímetros como una venda para sostener los músculos. El penúltimo paso consistía  en introducir palos de tamarugo longitudinalmente junto a la espina dorsal y en brazos y piernas para garantizar la rigidez del cuerpo.
Sobre el rostro confeccionaban una máscara de arcilla pinta de rojo o negro.
Esta práctica alcanzó su apogeo hacia el año 3.000 AC y comenzó a simplificarse hacia 2.000 antes de Cristo, conservándose en su etapa terminal tan sólo el uso de mascarillas de barro.

 Rituales de momificación

Junto a los cuerpos se ofrendaban figurillas de arcilla en miniatura. Una de ellas, que actualmente es exhibida en el Museo Regional de Iquique, contiene un cráneo de ave, imitando a la cabeza humana y una espina de cactus que simboliza la estructura ósea.
Para la arqueóloga Cora Moragas, esta actividad representaba una simbología que hasta el momento no se ha podido establecer con exactitud, especialmente porque los Chinchorro no acostumbraban enterrar a sus muertos con los artefactos que utilizaron en vida.

Vivir frente al mar

Más allá del proceso de momificación, existe una actividad transhumántica y asentamiento relativamente estable donde vivían los chinchorro. Bajo Molle, donde hoy se levante el Barrio Industrial sur de Iquique, hubo un extenso asentamiento humano. Hace veinte años se encontró en el lugar una tumba colectiva a escasa profundidad, la cual fue estudiada por arqueólogos de la Universidad de Tarapacá.

En Caleta Caramucho, a 47 kilómetros al sur de Iquique, existió un campamento semipermanente de cazadores y recolectores, al igual que en Los verdes y Punta de Lobos.
El arqueólogo y antropólogo Olaf Olmos, explicó que en Caramucho encontraron gran cantidad de artefactos correspondientes a la Cultura Chinchorro: cuchillos y puntas de flechas confeccionadas en piedra, morteros de hueso, maderas, anzuelos de conchas de choros y de espinas de cactus. Todos ellos con una data de 6 mil 300 años de antigüedad.

Los primitivos habitantes de la costa desarrollaban varias técnicas para proveerse de utensilios de uso diario. En una primera etapa desgastaban piedras livianas y las convertían en vasijas y pequeñas fuentes. Para cumplir con su objetivo debían raspar la pieza a tallar con una segunda roca más dura.

Las dos vasijas que actualmente se exhiben en el Museo Regional de Iquique corresponden a piedras volcánicas traídas desde el altiplano. Esto demuestra que el contacto con los pueblos del interior comenzó en una etapa muy temprana.

 

Evolución de la cultura Chinchorro

La Cultura Chinchorro evolucionó y sus descendientes lograron extenderse por todo el litoral del norte de Chile y del sur del Perú, desarrollando constantemente nuevas tecnologías, como artefactos en piedras, cuarzo o basalto como punta de arpones, cuchillos, elaborados y rapadores de pieles.

Para confeccionar sus herramientas golpeaban las piedras directamente en la roca. Los trozos desprendidos en forma de láminas era afilados y retocados para su uso doméstico.
Para la recolección, utilizaban “chopes”, una especie de cucharón de hueso para desconchar los mariscos.
Para sus continuos viajes por el borde litoral llevaban agua en bolsas elaboradas en vientres o vejigas de lobo marino. Cerca del año 300 AC, el desarrollo los llevó a internarse mar adentro gracias a las embarcaciones fabricadas con cueros inflados de lobos marinos. De esta manera lograron alcanzar grandes cardúmenes, lo que posibilitó aumentar su excedente de recursos y a su vez mejorar su interacción con los asentamientos de la depresión intermedia.
Con la navegación extendieron su presencia en todas las caletas de abrigo del litoral y diversificaron su dieta gracias a la caza de albacora y cetáceos menores utilizando arpones de piedra y cuerdas de cuero.
El faenamiento de la caza se realizaba incluso con dientes de tiburón.
Los turbantes deformadores de cráneos eran parte importante de la vestimenta de los hombres primitivos. En un principios eran confeccionados con pelo humano. Luego evolucionaron hacia otro tipo de textiles, como lana de auquénidos y fibra vegetal. Era posible conocer la procedencia de la persona a través de la manera en que estaba deformada la cabeza.

La Cultura del Anzuelo

Los cazadores, recolectores y pescadores del litoral de la actual Primera Región estaban bien representados en los asentamientos que existieron en la zona de Pisagua. Hacia el 4.000 AC se desarrolló la “Cultura del Anzuelo de Concha”, denominación utilizada por el arqueólogo Lautaro Núñez.
De acuerdo a sus estudios, estas personas vivían en campamentos-bases destinados primordialmente para la explotación de especies marinas que iban desde pescador a mariscos. La dieta de estas personas incluían mamíferos marinos, tortugas y aves, además de una reducida caza terrestre. En sus basurales fue posible encontrar escasos artefactos confeccionados con huesos de guanaco.
Entre sus utensilios se destacaban morteros de roca con huecos cónicos y tazones de lava negra, de uso previo a la masificación de la agricultura y cerámica.
El equipo de pesca reunía anzuelos de concha y pesas de piedra, arpones de madera con cabeceras desprendibles, plomadas o pesas en forma cilíndrica, chuzos o “chopes” de hueso para el despegue y desconche de mariscos, pesas en forma de bolas, puntas de proyectiles y chuchillos de piedra.
Todos estos utensilios fueron evolucionando y siendo confeccionados con diferentes insumos, dependiendo del nivel de evolución social.

Lienza y anzuelos son implementos que utilizaron los primitivos habitantes de Iquique. Primero usaron concha en forma de arco y luego evolucionaron a espinas que eran calentadas para alcanzar su curvatura.

El azuelo de cactus es reemplazado por el de cobre cerca del año 1.000 de nuestra era. Los Changos utilizaron piedras en forma de cigarrillos como una forma de hacer peso en el azuelo.

 

Los Chuzos o “chopes” evolucionaron desde hueso de ballenas hasta trozos de maderas con empuñadura de piel o pelos humanos que eran hilados a mano por los changos.

Gran asentamiento humano

La concentración mayor de poblaciones prehispánicas se ha localizado en la desembocadura del río Loa., donde la disponibilidad de agua permitió el asentamiento humano, según los vestigios hallados, desde el año 3.800 AC.
Los arqueólogos llamaron a este campamento como Huelén-42. El sitio fue levantado por pescadores recolectores que se instalaron y conformaron un lugar compuesto de varios recintos semicirculares.
Los investigadores estiman que a pesar de la sedentarización de la población, su costumbre pudo incluir viajes periódicos para el aprovechamiento de otros ambientes mas altos verificando a través de recolecciones de madera, de frutas silvestres, rocas para tallar artefactos y áreas de caza.
Lautaro Núñez, antropólogo de la Universidad Católica del Norte, afirma que ese campamento contiene cuerpos humanos que fueron sepultados bajo las prácticas  funerarias tipo Chinchorro asociadas a tradiciones cazadoras, caracterizadas por sus largas puntas de lanzas.

La desembocadura del río Loa fue un sitio de gran actividad durante tiempos inmemoriales. Luego fueron ocupados por los españoles como campamento base para la extracción de minerales.

 

 

Receptáculo que contenía pigmentos naturales. Eran confeccionados con picorocos. En ocasiones pintaban las balsas de cuero para acarrear agua.

 

En Busca del Agua

Conseguir agua en una zona completamente árida fue una verdadera epopeya para los primeros habitantes del litoral de la Provincia de Iquique. Debido a ello el desarrollo se ve asociado a las aguadas y vertientes, que cobran un papel fundamental en el desarrollo de la vida a lo largo del litoral.
Según el arqueólogo Lautaro Núñez, el agua se podía obtener, al igual que hoy, gracias a la neblina o camanchaca que se levanta desde el mar y es empujada por los vientos contra los cerros altos de la Cordillera de la Costa. En las partes altas, esta neblina se condensa al chocar y gotea, formando hilillos de agua entre rocas o una superficie relativamente impermeable. De esta forma se apoza en cuencas naturales, dando origen a las aguadas ubicadas en los cerros. Sin embargo, a veces la roca está fisurada y el agua escurre bajo tierra hasta los faldeos del mismo cerro y aflora en fallas geológicas.
También se podía conseguir agua gracias a napas subterráneas presentes en los sedimentos del borde occidental de la Pampa del Tamarugal. Estas aguas provienen a su vez de precipitaciones infiltradas en las partes altas de la Cordillera de Los Andes. El agua pasa bajo el desierto y aparecen como vertiente en la costa.
Cualquiera sea el caso, los primitivos tuvieron que caminar largas distancias en busca del agua. Desde tiempos inmemoriales utilizaron cuero de lobos marinos y los estómagos de estos animales como cantimploras o depósitos que eran llevados en las espaldas.
Los antecedentes expuestos coinciden con la ubicación de las aguadas de neblinas y los sitios arqueológicos. Entre la zona costera de Pisagua y Taltal se han reconocido más de 80 vertientes, en cada una de las cuales hay vestigios de uno o más asentamientos humanos.

Los habitantes del Altiplano

Al mismo tiempo que la odisea de los primeros hombres del litoral, se ubica el avance de las primeras tribus existentes en el área andina. Corresponde a grupos nómades de cazadores y recolectores que habitaban preferentemente sobre los 3.000 metros de altura, debido a que las condiciones ambientales les aseguraban la existencia de caza de auquénidos.
Los hábitos de ocupación correspondían  a la pernoctación en cavernas o quebradas rocosas y en las cercanías de pequeños arroyos que descienden de la cordillera.

Primeras herramientas

Hace cuatro mil años los primeros habitantes del altiplano comenzaron a desarrollar sus utensilios líticos.
Puntas de flechas y piedras con doble filo fueron las herramientas que usaron para cazar y cortar la carne de llamas y alpacas. La mayoría de estos restos arqueológicos fueron encontrados en cavernas, cursos de ríos o afloramientos de napas subterráneas, en casi toda la Provincia de Iquique.

Domesticar al medio

En la región andina, la población se mantiene relativamente estática hasta el año 3.000 AC. Ante la necesidad de alimentos, estos grupos humanos ensayan la domesticación de plantas y animales. Hacía el año 1.000 AC se les encuentra ya como incipientes agricultores. De esta manera, el hombre inicia el manejo de la tierra y del agua para producir alimentos.
Según los estudios realizados en la zona, estos cambios en las costumbres de las primeras poblaciones andinas son el resultado de los múltiples contactos y las influencias de grupos culturalmente más avanzados en las zonas que hoy corresponde a Perú y Bolivia.
En esta misma época ya comienzan las primeras conexiones entre pobladores del altiplano y la costa, permitiendo el intercambio de productos y, por consiguiente, la complementariedad alimenticia.

6 lugares de la Región de Tarapacá que no te puedes perder

Los rincones ocultos de la región de Tarapacá

Iquique es más que playa sol y desierto. La región de Tarapacá alberga lagunas milenarias en el altiplano, huellas de dinosaurios y tradiciones culinarias.

Más allá de playa Cavancha, la zona franca y la salitrera Santiago Humberstone, Iquique ofrece varios destinos que son desconocidos para la mayoría de los chilenos.
Playas solitarias de suaves arenas, lagunas a milenarias en el altiplano y valles pocos visitados repletos de huellas de dinosaurios son parte de los secretos por descubrir en la Región de Tarapacá.
Ike Ike es una playa que se ubica a 109 kilómetros al sur de Iquique. Por años fue conocida por playa peruana y ahora fue rebautizada como Ike Ike, el nombre original que tenía Iquique en tiempo precolombinos. Con siete kilómetros de extensión, este amplio sector se caracteriza con arenas blancas, miradores naturales y una topografía casi totalmente plana. Sin embargo, lo más importante es la tranquilidad de sus aguas y la casi nula afluencia de público durante todo el año. Ike Ike es un remanso de tranquilidad que permite la práctica de deportes náuticos y pesca. Es una playa virgen. No existe ningún tipo de servicios. Sin embargo, es un destino perfecto para conocer durante este verano.
A Ike Ike se llega por una carretera pavimentada que une las ciudades de Iquique y Tocopilla.

LA PLAYA DE PISAGUA

De una extensión más pequeña, pero con las mismas cualidades de arenas blancas, suave oleaje y tranquilidad, la playa blanca que se ubica a pocos kilómetros al norte de Pisagua, es un destino poco conocido incluso para los mismos nortinos.

Caminando también se llega a una zona de acantilados donde encontrará antiguos cañones que datan de la Guerra del Pacífico. Pisagua fue escenario del primer desembarco anfibio de la historia. Con este movimiento bélico, Chile inició su avance a la región de Tarapacá en 1879.
Pisagua está marcado por su esplendor como puerto salitrero durante el siglo XIX y también por oscuras historias ligadas al campo de prisioneros que fue utilizado por varios gobiernos durante el siglo XX. Ahora Pisagua resurge como destino turístico.

Cuesta imaginar que a fines del siglo XIX en Pisagua, donde hoy viven más de 400 personas, habitaban más de 3 mil lugareños. Pisagua tuvo sus días de gloria hace más de un siglo cuando en el Teatro Municipal participaron destacados artistas traídos desde Europa, donde el Hospital fue uno de los más modernos de la zona norte y que las mujeres llevaban los mejores trajes de la época. Ahora es posible ver estos edificios históricos que existen en la calle principal de Pisagua. Lo más llamativo es que Pisagua está aprisionada entre el cerro y la costa.

A lo anterior se debe agregar la playa paradisiaca que posee y la tranquilidad que hoy se respira en ese sector. La ruta a Pisagua está pavimentada en su totalidad y está a tres horas y media de camino desde Iquique.

EL DESCANSO DE MATILLA

La noche en que reinuaguraron la Iglesia de Matilla
El Oasis de Matilla es un remanso de tranquilidad durante todo el año. Ubicado a 109 kilómetros al sureste de Iquique y a hora y media de camino, el principal atractivo son sus tradicionales alfajores. Dos fábricas producen este tradicional dulce a base de miel de mango y coco rallado.
El principal hito de Matilla es su iglesia consagrada a San Antonio de Padua. Cada año, el 13 de junio, los matillanos que viven en el oasis y también quienes residen en distintos puntos de Chile regresan a la tierra que los vio nacer y participan en una gran celebración religiosa y social. La iglesia de Mailla data de 1590. De esta primera construcción a penas sobreviven los cimientos que fueron descubiertos hace un año cuando el templo estaba siendo reconstruido luego que literalmente se viniera abajo en el terremoto de 2005.

Actualmente la iglesia recuperó su forma original y es destino obligado para quienes quieran conocer el estilo de vida en un oasis en medio de la pampa del Tamarugal.

SALAR DEL HUASCO

El altiplano de la Región de Tarapacá alberga sitios de gran belleza natural. Uno de los más renombrados en el Salar del Huasco, ubicado a 3.800 metros de altura y a 174 kilómetros al este de Iquique. Este lugar alberga una bella laguna que es el remanente de un lago del pasado geológico. Su agua tiene una alta concentración de sal y se acumuló por lluvias y acuíferos alimentados por las altas montañas.
El salar tiene una superficie de 51 kilómetros cuadrados y posee un gran ecosistema que alberga varias especies como el halcón peregrino y el flamenco chileno. También existe flora como helechos y la llareta. Es posible que los visitantes tengan la posibilidad de divisar vicuñas, llamas y zorros que viven en este sector.
Actualmente el salar es destino obligado para quienes recorren toda la zona de los oasis de Pica y Matilla, especialmente después que fue declarado santuario de la naturaleza a principios de 2005.

LLAMARA

Otro salar poco difundido en los circuitos turísticos y con una belleza extrema es la laguna de Llamara, ubicada a 104 kilómetros al sureste de Iquique y a sólo 740 metros sobre el nivel del mar. Es de fácil de acceso y está a medio camino entre la ex oficina salitrera Victoria y el control aduanero de Quillagua que limita entre las regiones de Tarapacá y Antofagasta. Las aguas de la laguna son de un intenso color azul y la formación tiene una extensión de más de 70 metros de ancho y un metro de profundidad.
El salar de Llamara se caracteriza por la formación de estromatolito o «alfombras de piedra». Estas formaciones generan un paisaje irrepetible que mezcla la belleza geológica y la existencia de un bosque de Tamarugos.

CHACARILLA

Tanto Matilla como el salar de Huasco están emplazados en la comuna de Pica. Un tercer punto de atracción mundial de esa comuna es la quebrada de Chacarilla, valle donde fueron descubiertas huellas de dinosaurios que están impresas en las laderas de los cerros.
Este lugar es considerado santuario de la naturaleza desde 2004. Hasta el momento se han encontrado huellas fosilisadas de siete especies diferentes. Las más conocidas son las de tiranosaurio rex y estegosaurio.
A primera vista las pisadas en la Quebrada de Chacarilla distan mucho de la ubicación que tuvieron hace cien millones de años, cuando un río atravesada una selva que poseía una variada flora y fauna. Las pisadas quedaron impresas en barro y con la erosión y los movimientos telúricos esas pisadas permanecieron cubiertas por millones de años hasta que salieron a la luz nuevamente en las laderas que forma la quebrada.
El lugar es de difícil acceso. Está a solo 60 kilómetros al sureste del oasis de Pica, pero el viaje demora cerca de tres horas y media.Sólo llegan vehículos 4×4 que son conducidos por personas que conocen el terreno. El trayecto más lento y largo corresponde cuando el vehículo ingresa a la quebrada y avanza directamente por el lecho del extinto río. Se recomienda que el viaje comience el amanece, para evitar las altas temperaturas del mediodía. Eso sí, la mejor hora para ver las huellas fosilizadas entre las 14 y 15 horas cuando el sol proyecta la sombra suficiente para hacer resaltar las impresiones de las pisadas.
Ver estas huellas de dinosaurios vale la pena el extenso viaje por una zona accidentada. Visitar el valle de los dinosaurios es una verdadera «aventura jurásica», a pesar que las huellas datan del periodo cretácico, más cercano la era contemporánea.

ANCOVINTO

El altiplano de la Primera Región oculta uno de los fenómenos más llamativos de sudamérica. Cerca de la zona fronteriza con Bolivia se encuentran un especie única: los cáctus gigantes de Ancovinto que crecen en las laderas de los cerros emplazados a 262 kilómetros al noroeste de Iquique.
Los cáctus gigantes de Ancovinto llegan a medir 10 metros de altura y en la zona donde están ubicados permiten divisar a lo lejos el salar de Coipasa.