Son libros que llevo tiempo dejando pendientes. Son libros que les debo un espacio en mi tiempo.
Entre ellos tengo Moby Dick y otros clásicos que siempre he querido experimentar en su forma original. También está El conde de Montecristo, una novela que me intriga especialmente por todas las versiones cinematográficas que existen. Siempre me pregunto si alguna se acerca realmente al espíritu del libro. Para resolverlo, solo hay un camino: leerlo.
Otro libro que tengo en espera es Orgullo y prejuicio. Después de ver varias adaptaciones, tengo curiosidad por descubrir qué matices y emociones ofrece el texto original de Jane Austen que no aparecen en pantalla.
También tengo pendiente la biografía de Bill Gates. Me interesa entender qué factores marcaron su infancia y su camino hacia el éxito. Me pregunto qué decisiones, circunstancias o hábitos hicieron que su historia fuese tan distinta de la de tantas otras personas con aspiraciones parecidas.
Y cuando quiero avanzar sin prisa, recurro a la antología de cuentos de Isaac Asimov, que leo poco a poco. Cuando la lectura principal se vuelve densa, tomo uno de sus relatos para despejarme. Me gusta porque en esos cuentos se ve la semilla de muchas de sus grandes obras: pequeñas ideas que luego evolucionaron en historias enormes.
Al final, elegir qué leer es un acto personal y sencillo. Y una lista de «querer leer» se vuelve a una lista de «libros pendientes».
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