Hace unos días revisé el artículo “Redes sociales: un experimento fallido que deberíamos haber clausurado hace años”, publicado por Enrique Dans en su blog personal. No era la primera vez que escuchaba críticas a las plataformas sociales.
Dans sostiene que aquello que nació envuelto en la promesa de conectar personas se ha convertido en una maquinaria gigantesca de vigilancia, manipulación y ruido.
Y tiene sentido. Llevo tiempo sintiendo que las redes sociales —todas, sin excepción— han mutado en algo que no sé si quiero seguir teniendo tan cerca. Quizá el ejemplo más claro sea el formato Reels, omnipresente en cualquier plataforma que uno abra. Y, cuando me doy cuenta, llevo quince minutos desplazando el dedo hacia arriba sin recordar ni una sola cosa que he visto.
Empiezo a pensar en los Reels como un auténtico agujero negro del tiempo: lo absorben todo. Mi foco, mi intención, mis ganas de estar presente. Es una corriente continua de estímulos que no pesan, no duran y no aportan, pero que consumen más energía mental de la que parecen.
Lo inquietante es que esta dinámica encaja con lo que Dans denuncia: plataformas diseñadas no para informarnos ni conectarnos, sino para mantenernos atrapados en un flujo infinito de microcontenidos que no significan nada, pero que nos cuestan muchísimo: Tiempo, atención, claridad mental. Todo eso que, paradójicamente, hoy vale más que nunca.
Tal vez no estemos ante un simple problema de hábitos. Quizá, como apunta Dans, llevamos años atrapados en un experimento fallido que seguimos alimentando por inercia.
Deja un comentario