Cuando la pandemia del COVID-19 obligó a millones de personas a trasladar su oficina a sus hogares en 2020, muchos celebraron la idea: sin traslados, sin jefes mirando por encima del hombro, sin el ruido de la oficina. Sin embargo, los datos cuentan una historia diferente.
Lo que encontró la investigación
Un estudio conjunto de la Universidad de Nueva York y la Harvard Business School, aplicado en más de 21.000 compañías de 21 ciudades en América del Norte, Europa y Medio Oriente, reveló resultados que deberían hacernos pensar. Al comparar el comportamiento de empleados antes y después de la cuarentena por COVID-19, los investigadores encontraron que:
- La jornada laboral aumentó en promedio 48,5 minutos por día.
- El número de reuniones creció casi un 13%.
- El envío de correos electrónicos se disparó significativamente.
Paralelamente, JP Morgan reportó a través de Bloomberg News que la productividad efectiva caía con el trabajo remoto, especialmente en equipos que requerían colaboración presencial. ¿La paradoxal conclusión? Se trabaja más, pero se produce menos.
El problema real: la mezcla de roles
El informe de Bloomberg señalaba que el aumento de horas se explica principalmente porque las personas mezclan sus actividades y prolongan los tiempos de trabajo al fusionarlos con las tareas del hogar. El cuidado de hijos, la preparación de alimentos, las interrupciones domésticas: todo convive con los plazos de entrega y las videoconferencias.
El resultado es un estado permanente de trabajo a media máquina: ni en casa del todo, ni en la oficina del todo. La mente nunca logra desconectarse completamente de ninguno de los dos mundos.
Qué hacer con esto
La solución no pasa por volver obligatoriamente a la oficina ni por rechazar el teletrabajo. Pasa por establecer reglas claras: horarios definidos, espacios físicos diferenciados dentro del hogar, y rituales de inicio y cierre de jornada que ayuden al cerebro a distinguir cuándo está trabajando y cuándo está descansando.
El teletrabajo puede ser una herramienta poderosa de productividad o una trampa de agotamiento silencioso. La diferencia la pone la estructura, no la tecnología.