Quienes se informan solo por redes sociales saben menos y creen más en conspiraciones

En 2020, el Pew Research Center publicó uno de los estudios más contundentes sobre consumo de noticias en la era digital. Sus conclusiones no deberían sorprendernos, pero de todas formas incomodan a quienes piensan que las redes sociales son suficientes para estar informados.

Los datos son claros

El estudio analizó a adultos estadounidenses que declaraban informarse principalmente a través de redes sociales —Facebook, Twitter, YouTube, Instagram— y los comparó con quienes accedían a sus noticias a través de medios tradicionales o sitios web de noticias. Los hallazgos fueron consistentes:

  • Los usuarios que se informan principalmente por redes sociales tenían menor conocimiento factual sobre los temas de actualidad.
  • Estaban significativamente más expuestos a teorías conspirativas y desinformación.
  • Eran menos capaces de distinguir hechos de opiniones en los contenidos que consumían.
  • Se involucraban menos en la vida cívica y política de sus comunidades.

Por qué ocurre esto

El problema no es la tecnología en sí, sino la lógica del negocio que hay detrás de las plataformas. Las redes sociales son máquinas de capturar atención. Su objetivo no es informarte: es mantenerte el mayor tiempo posible dentro de la plataforma. El contenido que logra esto con mayor eficiencia no es necesariamente el más veraz o el más riguroso, sino el más emocional, el más indignante, el más polarizador.

Los algoritmos aprenden esto rápido: si el pánico y la indignación generan más clics y comentarios que la información verificada y matizada, el algoritmo priorizará el pánico y la indignación. No por malicia, sino por diseño.

La responsabilidad como ciudadanos

Esto no significa abandonar las redes sociales. Significa cambiar nuestra relación con ellas. Las redes pueden ser un excelente punto de entrada a la información, pero deben ser el comienzo de la búsqueda, no el final.

Cada vez que una noticia importante llega a tus manos a través de un post o un story, la pregunta que debería seguir es: ¿dónde puedo leer esto en profundidad? ¿Qué dice la fuente original? ¿Qué dicen medios con perspectivas distintas?

La salud democrática de nuestras comunidades depende de ciudadanos bien informados. Eso, en 2025, es un acto de resistencia activa contra los incentivos del mercado digital.

Desinformación y pensamiento crítico: cómo se propagan y cómo frenarlas. Un caso práctico

Un caso reciente de desinformación que experimenté de cerca revela los mecanismos sociales que la impulsan y las acciones concretas necesarias para detenerla.

El 18 de enero de 2026 comenzó a circular en distintos grupos de mensajería una imagen que anunciaba un corte de energía de seis horas. La información no coincidía con el aviso oficial, que indicaba una interrupción de 60 minutos. La imagen se expandió con rapidez y generó consultas en varios espacios digitales.

La pieza difundida presentaba un mensaje simple y directo. Su formato visual facilitó su circulación entre usuarios que compartieron el contenido sin confirmar la fuente. En paralelo, el comunicado institucional, que contenía los datos reales, tuvo un alcance menor. En varios grupos se repitió el mismo patrón: el contenido inicial, aunque incorrecto, se replicó de manera constante, mientras que la corrección avanzó en menor proporción.

Para enfrentar la situación se empleó una representación de la misma imagen con un sello que indicaba su falsedad. Este recurso permitió que la aclaración circulara en un formato reconocible para quienes ya habían visto la primera versión. Aun así, quedó en evidencia que la rectificación no se sostiene únicamente en la emisión de datos correctos.

La respuesta más eficaz provino de un enfoque adicional: solicitar a verificadores y personas con presencia activa en los grupos que publicaran la aclaración en los mismos espacios donde se había difundido la información incorrecta. No bastó con notificarles el error. Fue necesario pedirles que actuaran, que compartieran la corrección y que indicaran de forma clara que el contenido original no era verídico. Su intervención generó un efecto directo porque los usuarios suelen reconocer y asumir como fiables los mensajes que provienen de personas con las que mantienen vínculos sociales dentro de esos mismos entornos.

El caso permitió observar el funcionamiento de la desinformación en contextos digitales. Los contenidos que ofrecen mensajes cerrados y directos suelen desplazarse con facilidad. La verificación, en cambio, requiere más tiempo y depende de acciones coordinadas. Este contraste contribuye a que la confusión persista durante un periodo mayor del que tarda en circular la información correcta.

El episodio también planteó una cuestión más amplia: la necesidad de fortalecer prácticas de pensamiento crítico. Ante cualquier contenido que presente afirmaciones contundentes, resulta pertinente detenerse, examinar la fuente y contrastar con datos verificables antes de compartirlo. Este proceso reduce la propagación de información no comprobada.

La situación puso de relieve otro aspecto: los hábitos de consumo digital condicionan la manera en que se interpreta la información. La exposición constante a mensajes breves y continuos limita el espacio para análisis detallados. Por ello, la lectura de materiales extensos y la revisión de fuentes diversas pueden contribuir a un uso más riguroso de los entornos informativos.

El caso del corte de energía ofrece una mirada útil sobre cómo se generan y corrigen las distorsiones informativas. La desinformación avanza cuando encuentra poca resistencia. La información verificada necesita apoyo activo de quienes participan en los mismos espacios donde surge el error. La combinación de verificación, coordinación y revisión crítica permite reducir el impacto de estos episodios.