Sí, hay dolor e indignación, y también el deseo de una esperanza. El dolor está ahí. La esperanza habla de un futuro difícil. Tocopilla es para mí, un lugar sagrado. Viví ahí hasta los nueve años. Mi padre, un día, bruscamente me dijo: ‘mañana nos vamos a la capital’. Me sentí como un espejo al que partieran en mil pedazos. De un día para otro me convertí en un animalito sin territorio. Mis raíces eran esos altos montes, ese océano límpido, esas casas tan bonitas y humildes. Crecí, recorrí el mundo, siendo libre, pero en el inconsciente conservando a Tocopilla como una raíz preciosa. Regresar a mi pueblo 75 años después fue una experiencia que abrió las puertas a la expresión de mi dolor infantil, mi pérdida brutal de territorio. Me di cuenta de que Tocopilla era una parte de mí mismo. Comprendí que sus problemas me duelen en el alma.
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