Penan las ánimas en Iquique

La tradición chilena tiene bien arraigado el culto a las animitas. La población iquiqueña no es ajena a esta práctica. Es una manera de honrar a las personas que han muerto en forma trágica y que con el paso de los años se vuelven una especie de intermediario entre el creyente y Dios.
El sociólogo Bernardo Guerrero se ha dedicado a estudiar y catalogar las animita repartidas en toda la ciudad.
Una de las más conocidas es el “Anima de la patita”. Nadie sabe el nombre de difunto. La historia se remonta a 1890 cuando el cuerpo de un hombre fue encontrado en la playa. La gente lo enterró y luego de varios días emergió uno de los pies. Lo volvieron a enterrar, pero la extremidad continuaba emergiendo a pesar de la insistencia de la gente. Poco a poco la población aceptó que el lugar era sagrado y que era posible pedir favores a esta animita. El sitio en donde estaba la ánima correspondía al Cementerio N°2, pero actualmente ahí se emplaza la población Jorge Inostrosa.
La animita del “finao González” se ubica en la intersección de Tomás Bonilla y 12 de Febrero. La historia cuenta que en ese lugar fue encontrado el cuerpo calcinado de Humberto González el 28 de julio de 1916. Su crimen causó gran conmoción en la ciudad, debido a que el asesino correspondía a una acaudalado vecino. Al parecer González tenía amoríos con la hija del patrón y debido a esto recibió un garrote en la cabeza. Ya muerto, el asesinato lo subió a una carreta, lo metió en un saco y luego lo quemó en las afueras de Iquique. La policía aclaró el homicidio y el asesino tuvo que pagar 41 mil pesos a la viuda. En noviembre de 1916, el finao González fue enterrado. Según la tradición, la animita comenzó a hacer milagros en forma inmediata.
La animita de la Kenita está ubicada en avenida Pedro Prado. El 16 de noviembre de 1987, Jacqueline Zurita Elgueta salió a las tres de la tarde junto a su hermana. En la intersección de Pedro Prado con Primera Sur se separaron y Jacqueline decidió caminar hacia su trabajo. En ese instante pasó un amigo en motocicleta y se ofreció a llevarla. Mientras se subía al vehículo, apareció un automóvil que la manejaba un conductor ebrio y embistió a la motocicleta. La joven murió instantáneamente.
Luciano Córdova fue testigo del accidente y él decidió construir una “animita” y desde ese día cuida del lugar.