Las enseñanzas del alfabeto generaban en él, apenas, un rasguño de curiosidad. Aun a su edad, mantenía la viveza del que nace ajeno al ritmo de lo urbano. Para quien de muy joven fue arrastrado a las faenas, el tiempo arrebató, poco a poco, los apremios de la visión. Su casa regularmente pintada viene cada día a mal traer. Sobre su mesa se cuentan más de 12 cartas de desalojo. Él, tambaleante, algo ebrio de consuelo, es quien recibe limosna como invidente en calle Vivar. A veces, cuando las personas se marchan, se inclina a contar el monto reunido.
“ASTUCIA CIEGA”, Ricardo Liberona Alvarado, 16 años, Iquique