Historia de catorce vidas truncadas

La mañana del viernes 30 de junio de 2000 Viviana Garay Moena se despidió de su padre con un beso en la mejilla y salió corriendo en dirección al liceo. Ese día la joven de 16 años se había quedado dormida y estaba a punto de llegar atrasada a clases. Nada fuera de la común ocurrió esa mañana. Ninguna frase o gesto que indicara su desaparición. En un primer instante, Orlando Garay, padre de Viviana, pensó que el caso era aislado. Al correr los días surgieron otros nombres. Todos ellos con semejanzas que hicieron pensar lo peor. Cinco de las seis liceanas estudiaron en el Liceo Eleuterio Ramírez, todas eran de tez blanca, pelo negro o castaño, jóvenes entre 13 y 17 años, donde su último paradero conocido coincidía con la intersección de avenida Los Aromos con la Ruta A-16 y su residencia en las tomas de La Negra, el sector de La Pampa o la Autoconstrucción.

A mediados del año 2000 comenzaron a surgir los primeros indicios respecto que la desaparición de las liceanas no eran coincidencia y se habló de secuestro, trata de blancas y que las niñas abandonaron la casa en busca de mejores horizontes.

Tanto autoridades como Carabineros e Investigaciones apostaban porque la pobreza y riesgo social eran los detonantes para que las menores escaparan de casa. A pesar que decían que “no descartaban ninguna alternativa”, la opción de un asesino en serie fue la menos atendida.

Durante más de un año se especuló sobre el paradero de las seis liceanas. Hasta ese momento Carabineros e Investigaciones siguieron pistas que los llevó a la Quinta Región y a Tacna. Recorrieron toda la Primera Región y revisaron viviendas y locales nocturnos en busca de las niñas. Sin embargo, el trabajo no entregó resultados positivos. Tampoco lograron unir los antecedentes en otras ocho desapariciones que tenían características similares.

Todo cambió la mañana del 3 octubre de 2001 cuando una niña de 13 años apareció en un basural cercano a Alto Hospicio. Un vendedor la llevó en su furgón hasta subcomisaría de Alto Hospicio. En ese lugar la menor, Barbarita, contó que un sujeto la había secuestrado violado y arrojado a un pique en el desierto. La historia parecía increíble, más aún cuando agregó que su agresor se había identificado como el “sicópata de Alto Hospicio”.

De esta manera se determinó con estupor cómo la hipótesis menos atendida por los equipos que investigaban la misteriosa desaparición de jóvenes cobraba realidad: un asesino en serie había atacado impunemente.

DETENCION

Carabineros ubicaron a Julio Segundo Pérez Silva, de 40 años, gracias a las pistas que entregó la menor. En el parabrisas de su automóvil blanco colgaban dos figuras de la serie televisiva Bananas en Pijama. Hasta dio detalles del cuchillo que usaba el sujeto. Su hoja era de siete centímetros con empuñadura de cinta adhesiva de color negro.

Al día siguiente detuvieron a Pérez Silva cuando iniciaba otra jornada como chofer de taxi ilegal.

El detenido cae en manos de dos expertos carabineros en interrogatorios. El hombre niega su participación. La actitud confunde a la policía. Se cree en una nueva equivocación. Piensan dejarlo en libertad. Pasa la jornada y nada dice. Tras más de 120 horas sin sueño, entregó detalles de como acabó con cada una de las primeras siete víctimas que hasta ese momento confesó.

“Nunca lloró ni dijo estar arrepentido. Si nadie sospechó de él es porque rompía todos los parámetros del criminal prototipo”, señaló uno de sus interrogadores.

OPERANDI

Según las primeras pericias y su propia confesión, Pérez Silva elegía metódicamente a sus víctimas, sobre la base de un patrón más o menos repetitivo: se trataba de muchachas delgadas, morenas y casi todas de cabellos largos, a quienes vigilaba durante días antes de decidirse a actuar.

Su anzuelo era ofrecerles llevarlas a sus casas o a escuelas como taxista “pirata” y por unas monedas. Cuando las menores ingresaban a su vehículo las amenazaba con un cuchillo y las trasladaba hasta los alrededores de Alto Hospicio.

Antes de violarlas, las golpeaba hasta dejarlas inconcientes. Luego, atadas de pies y manos, golpeaba reiteradamente sus cabezas con piedras hasta provocarles la muerte. Finalmente, las cubría con sacos en basurales o las arrojaba a piques mineros abandonados.

Carabineros llega a los sitios que han sido indicados con sorprendente exactitud. Son cuatro puntos en las cercanías de Alto Hospicio, pero separados entre sí. Ahí está una de las muchachas semienterrada y otras tres completamente cubiertas. Otras tres están al fondo de un pique abandonado. De los siete cuerpos – tres en el pozo y cuatro en la pampa- cinco son apenas restos óseos con una que otra pertenencia que se ha mantenido en el tiempo.

De esa manera se estableció que era el autor de los asesinatos de las seis estudiantes que comenzaron a desaparecer a fines de 1999. También de los asesinatos no resueltos hasta esa fecha de Graciela Saravia y Sara Gómez.

La inspección en los piques de Alto Hospicio comenzó el 18 de febrero de 2002 y se extendió hasta el 31 de mayo de ese año. En total, se inspeccionaron 151 piques distribuidos en 1.200 metros cuadrados. Esto incluyó los cerros Esmeralda, Huantajaya, Santa Rosa y Huantaca.

Efectivos de investigaciones encontraron el día 2 de julio de 2002 los restos de tres mujeres y aunque faltaba la confirmación oficial de la identidad de los cuerpos, todo hace suponer que se trata de Ivonne Carrillo Lefno, Daysi Castro y Ornella Linares, desaparecidas el año anterior.

Las tres infortunadas mujeres, fueron encontradas en el sector de Santa Rosa, en Alto Hospicio, permitiendo que sus familiares terminarán con el calvario de no saber qué pasó con ellas.

De esta manera la lista de víctimas aumentó con Ornella Linares e Ivonne Carrillo, la artesana Gisella Melgarejo, Angélica Lay, Daysi Castro y Angélica Palape. Sus cuerpos fueron encontrados en Huantajaya y basurales alrededor de Hospicio.

REPERCUSIONES

A los pocos días de ubicados los cuerpos, el Ministro del Interior, José Miguel Insulza, solicitó la renuncia de cuatro efectivos policiales.

El director general de Investigaciones, Nelson Mery, haciendo efectiva la responsabilidad del mando, cursó la renuncia del prefecto inspector José Henríquez Ochoa, quien hasta ese momento encabezada la Primera Zona Policial. También estuvo en esa lista el prefecto inspector Baltazar Donoso Azúa.

En tanto que el Director General de Carabineros, general Manuel Ugarte, relevó de su cargo al hasta ese entonces jefe del O-S7 en Iquique, mayor Guillermo Valenzuela, quien dirigió la investigación del caso en los últimos dos años. También llamó a retiro al coronel Iván Bustamante Rivera, quien se desempeñó como Prefecto de Carabineros de Iquique hasta marzo de 2001.

Los cuatro funcionarios destituidos estuvieron a cargo de la comisión mixta de investigación que ordenó crear el Presidente Ricardo Lagos. Esta instancia tenía como objetivo ubicar a las liceanas.

EVOLUCION

Desde que capturaron a Julio Pérez Silva sus testimonios para aclarar los hechos han ido desde reconocer la autoría de los crímenes de Alto Hospicio a desmentir su participación. Incluso entregó hace cuatro meses una carta a su conviviente Nancy Boero, en la cual alegaba total inocencia y acusaba ser víctima de un complot entre funcionarios de Carabineros y Barbarita, la menor que sobrevivió a su ataque.

Incluso negó las declaraciones que entregó a la Ministra en Visita Eliana Ayala durante la reconstitución de escena, en donde fríamente relató la manera cómo eliminaba a sus víctimas.

RECLUSO

El 19 de enero de 2004, el asesino en serie atentó contra su vida. Es tercera vez que intentó matarse. La primera fue en la celda de la comisaría de Alto Hospicio, donde azotó su nuca contra el pavimento, resultando con una lesión cervical; la segunda fue después de conocer del suicidio del Tila y lo sorprendieron uniendo cordones y por ello se le quitó la televisión y le dejaron una a pilas, y la tercera en febrero, cuando se estranguló con una camisa oculto por una sábana.

El sicópata de Alto Hospicio está desde el 2002 en la cárcel de alta seguridad de Acha, ocupando un ala del recinto penal y una celda exclusivamente para él. Es custodiado por gendarmes que llegaron desde Santiago. Lo vigilan mediante un circuito cerrado y también por un vidrio.