Las enseñanzas del alfabeto generaban en él, apenas, un rasguño de curiosidad. Aun a su edad, mantenía la viveza del que nace ajeno al ritmo de lo urbano. Para quien de muy joven fue arrastrado a las faenas, el tiempo arrebató, poco a poco, los apremios de la visión. Su casa regularmente pintada viene cada día a mal traer. Sobre su mesa se cuentan más de 12 cartas de desalojo. Él, tambaleante, algo ebrio de consuelo, es quien recibe limosna como invidente en calle Vivar. A veces, cuando las personas se marchan, se inclina a contar el monto reunido.

“ASTUCIA CIEGA”, Ricardo Liberona Alvarado, 16 años, Iquique

Las enseñanzas del alfabeto generaban en él, apenas, un rasguño de curiosidad. Aun a su edad, mantenía la viveza del que nace ajeno al ritmo de lo urbano. Para quien de muy joven fue arrastrado a las faenas, el tiempo arrebató, poco a poco, los apremios de la visión. Su casa regularmente pintada viene cada día a mal traer. Sobre su mesa se cuentan más de 12 cartas de desalojo. Él, tambaleante, algo ebrio de consuelo, es quien recibe limosna como invidente en calle Vivar. A veces, cuando las personas se marchan, se inclina a contar el monto reunido.

«ASTUCIA CIEGA», Ricardo Liberona Alvarado, 16 años, Iquique

Tenía el oficio más extraño del mundo: todos los días, a las cinco de la mañana en punto, subía los ciento cuarenta y seis escalones que separaban la base del reloj de la sala de máquinas. Ajustaba los siete porfiados minutos faltantes y, sin más trámite, bajaba los ciento cuarenta y seis escalones hasta la plaza. Su rutina sólo se vio interrumpida en una ocasión, cuando la chica que recogía la basura insistió en acompañarlo hasta la cima. Ese día, todo lo que pasó en Iquique, pasó siete minutos después.

“HORA IQUIQUEÑA”, de REINALDO BERRÍOS GONZÁLEZ, 52 años, Iquique